domingo, 5 de noviembre de 2017

El farmacéutico gallego

Hay tópicos nacionales de todas clases: los portugueses melancólicos, los italianos caóticos, los alemanes de piñón fijo, los ingleses arrogantes, borrachos y egoístas. Y lo que quieran ustedes añadir al asunto. Muchos de esos lugares comunes son falsos, y otros —establezcan cuál o cuáles— corresponden a la exacta realidad. En España, como en todas partes, esos tópicos los tenemos en abundancia: los andaluces indolentes y graciosos, los aragoneses nobles y testarudos, los catalanes laboriosos pero lentos en sacar la cartera, y cosas así. Y uno de los más reconocidos es el de los gallegos. Me refiero a su proverbial hermetismo, magistralmente expresado en esa imagen del ciudadano al que te encuentras en la escalera y no sabes si está subiendo o bajando. O si está parado. 

El otro día tuve ocasión de comprobar en carne propia que a veces los tópicos se ajustan a la más absoluta realidad. Al menos, en lo que a los gallegos se refiere. Me encontraba en Santiago de Compostela, alojado en el hotel donde lo hago cada vez que viajo allí, situado en un buen lugar de la plaza del Obradoiro, junto a la catedral. Se acercaba la hora de comer, así que cogí un paraguas y salí a dar una vuelta por una calle cercana donde abundan los restaurantes. Como animal de costumbres que soy, me encaminé directamente al que frecuento cuando estoy en esa ciudad, pero lo encontré cerrado. Me quedé indeciso, pues no conocía ninguno de los otros locales de esa calle, que son una docena. Y como en aquel momento me dolía la cabeza y necesitaba un Actrón —esos dolores de cabeza que le he prestado a mi amigo Lorenzo Falcó, y que en los años 30 él soluciona con aspirinas—, entré en una farmacia, aprovechando para pedirle al farmacéutico que me recomendase un lugar próximo. Un buen restaurante. 

El farmacéutico, un tipo de mediana edad, con un acento tan gallego que parecía imitado y no real -estilo Manuel Jabois o Luis, el limpiabotas del Palace-, se me quedó mirando, inexpresivo. 

—Buenos, lo que se dice buenos, hay muchos —dijo. 
—Lo supongo —respondí—. Pero habrá alguno que pueda usted recomendarme. 

Se rascó la cabeza. 

—Hay varios, ¿eh?—comentó. 
—Ya supongo. 
—Unos mejores y otros no tanto, pero los hay buenos. 
—Con que me diga uno es suficiente. 

Volvió a rascarse la cabeza. 

—El problema es que si le recomiendo uno, igual soy injusto con otros. 
—Puede. Pero tengo hambre, ¿sabe?… Con uno dicho así, al azar, me las arreglo. 

El farmacéutico encogió los hombros, fruncido el ceño. 

—¿Prefiere carne, pescado o marisco? —inquirió. 
—Me da igual —repuse esperanzado—. Lo que me apetece es comer bien. 
—Es que algunos son mejores en carne, y otros en pescado y marisco. 

Respiré hondo. Seis veces. O quizá fueron siete. 

—A estas alturas me da igual carne que pescado. Se lo juro. 

Volvió a rascarse la cabeza. 

—No es lo mismo —objetó—. Porque cada uno tiene su especialidad. 

Me metí el nudillo de un dedo índice entre los dientes y mordí fuerte. 

—Por Dios… Dígame uno, carne o pescado. El que sea. 

Se quedó pensando otro largo momento. 

—Pues la verdad —concluyó— es que no me atrevo a decirle uno en concreto. 

Decidí cortar por lo sano. 

—¿A cuál suele ir usted? 
—A veces voy a uno y a veces voy a otro. 
—¿A veces? 
—Depende. Unas sí y otras no. Pero casi siempre como en casa. 

Me agarré al mostrador, tambaleante. La farmacia me daba vueltas. 

—¿Y cuál fue el último restaurante al que fue? 
—Pues fui a uno, pero no sabría decirle ahora cuál. 

Estaba a punto de echarme a llorar. Saqué la cartera. 

—¿Qué le debo del Actrón? 
—Ocho euros con cincuenta y cinco céntimos. 

Salí a la calle haciendo eses, mareado, y me metí en el primer restaurante que vi abierto. Y las cosas como son, oigan. Comí de puta madre. 

5 de noviembre de 2017 

domingo, 29 de octubre de 2017

El Poteras y su enemigo

Repasando, casi por azar, unos viejos volúmenes de novelas policíacas -Peter Cheyney, Harmon Coxe, Eric Ambler-, acabo de encontrar uno de Ellery Queen que me transporta más de medio siglo atrás en el tiempo, al lector que yo era a los doce o trece años. Por suerte para mí, las bibliotecas de mis abuelos estaban especializadas en asuntos diferentes: la de mi abuelo paterno era más de clásicos y gran literatura del XIX, mientras que mi abuela materna y mi tía Pura, su hermana, eran lectoras apasionadas de bestsellers contemporáneos -Vicky Baum, Colette, Somerset Maugham- y novela policíaca, de la que tenían un armario lleno hasta arriba; en el que, cuando iba a visitarlas, yo buceaba con entusiasmo de cazador precoz, pues podía llevarme lo que me apeteciera. Allí descubrí a Hammett y Chandler, entre otros. Y uno de aquellos hallazgos tempranos, las novelas de Ellery Queen, tuvo serios efectos colaterales. 

Yo tenía doce años y estaba en tercero de bachillerato en los Maristas de Cartagena, donde pasé mi infancia de estudiante hasta que me expulsaron dos años después. Era un pésimo alumno, pues sólo me interesaban la literatura, el latín y la historia. Todo lo demás eran suspensos. E indisciplina. Cada profesor, religiosos en su mayor parte, tenía para nosotros su apodo: el Cuellotoro, el Dumbo, el Tomate, el Pulga (uno de los más logrados era el del profesor de matemáticas, un seglar elegante y fumador de rubio emboquillado llamado don Francisco Márquez, cuyo magnífico sobrenombre era Paco Farolas). Y el de mi clase, ese curso, era el hermano Emilio, alias el Poteras. 

El Poteras y yo nos odiábamos sin disimulo. Era de esos profesores con la mano larga, muy dados a pegar a los alumnos -en aquel tiempo eso era normalísimo-, pero solía ejercer esa potestad con excesiva saña. Yo no era un alumno fácil, por otra parte. Si tocaba hacer un ejercicio de redacción, me las arreglaba para que estuviera muy bien escrito, pero al mismo tiempo fuese esencialmente insultante para él -recuerdo bien un tema libre: La pesca del calamar con potera-. Y las represalias, por supuesto, estaban a la altura. Castigos y leña al mono. Los padres no intervenían en esas cosas, pues la disciplina a la brava formaba parte del sistema. Aquello, los chicos teníamos que comérnoslo solos. Doblabas la bisagra, o mantenías el desafío en plan guerrillero y afrontabas las consecuencias. Algunos -Miguel Cebrián, Manolico el Nabo, Julio Mínguez- las encarábamos con la cabeza bien alta. Éramos pequeños cimarrones en pantalón corto. Indomables cabroncetes, cada uno a su estilo. Peligrosos como la madre que nos parió. 

Una novela de Ellery Queen inspiró una de mis campañas contra el Poteras. Apropiándome de la idea -un asesino que envía mensajes previos en verso a sus víctimas-, durante un mes le estuve mandando a mi acérrimo enemigo breves mensajes anónimos con versos míos (recuerdo uno de ellos: En este tu penúltimo día / tu matador te envía / este mensaje grato / que te hará bicarbonato). Por supuesto, yo era un delincuente imberbe, un criminal ingenuo; y los mensajes estaban escritos en papel cuadriculado de cuaderno escolar, a bolígrafo y con mi letra. Al Poteras le bastaron cinco minutos para identificarme, y me sometió a un duro interrogatorio. Lo negué todo, con un par de infantiles cojoncillos, y no pudo sacarme nada. Al día siguiente le mandé un nuevo mensaje, y a los pocos días, otro. El siguiente interrogatorio tuvo lugar en el aula desierta, a la hora del recreo, y no creo haber recibido tantas bofetadas en mi vida. No abrí la boca más que para negarlo todo. Además, procuraba sonreír entre hostia y hostia, como los héroes de las películas. Me dejó ir, por imposible, y al día siguiente le mandé otro mensaje. 

El nuevo interrogatorio tuvo lugar en el colegio unos días más tarde, pero en el despacho del director: éste, el Poteras, mi padre, y yo en posición de firmes ante ellos. El Poteras, descompuesto, acumulaba mensajes sobre la mesa, comparaba la letra con la de mis ejercicios escolares, me acusaba de delincuente infantil. Yo seguía negándolo todo. Ésa no es mi letra, sostenía impasible. Por fin, harto de aquello, muy serio, mi padre dijo: «Cuando vean a mi hijo dejando personalmente uno de esos papeles, avísenme». Luego me sacó de allí. Caminamos en silencio por la calle, uno junto al otro, mientras él me miraba de reojo. Al fin dijo: «Ya lo has matado, ya vale». Y me dio un buen pescozón. Entonces no me di cuenta, pero ahora comprendo que sonreía. 

29 de octubre de 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

Turistas de la idiotez

El ser humano es, ante todo y en líneas generales, un hijo de puta. Luego, ya en detalle, puede ser también otras cosas. Esta frase inicial, que les regalo a ustedes porque es mía, no proviene de libros ni conversaciones de barra de bar, sino de una certeza visual propia, empírica, ilustrada de primera mano allí donde los hijos de puta suelen mostrarse en todo su esplendor. Una impresión precoz, casi juvenil, que los años y la experiencia han acabado convirtiendo en absoluta certeza.

Contaba hace poco el novelista mexicano Jorge Zepeda Patterson que, tras el último terremoto que asoló su ciudad y causó daños en su casa, observó un fenómeno que él llama turismo humanitario: gente de variada condición, habitantes de barrios adinerados y suburbios humildes, que acudía a las zonas de desastre con el pretexto de prestar ayuda, pero que en realidad se dedicaba a pasear entre las ruinas con casco, chaleco reflectante y mascarilla protectora, haciéndose fotos. Ocurrió sobre todo el primer fin de semana; y entre los abnegados voluntarios de los equipos de rescate, que realmente trabajaban intentando salvar vidas y se dejaban el alma y la piel en ello, pululaban ociosos de ambos sexos disfrazados de socorristas, haciéndose selfis ante las ruinas e, incluso, teniendo el descaro de agacharse para posar junto a los perros rescatadores.

La cosa, en realidad, no es nueva. En tiempos de la erupción sobre Pompeya o de la caída de Bizancio no había teléfonos móviles con cámara incorporada, pero estoy seguro de que el personal se las apañaba con algún método equivalente. La desgracia ajena motiva mucho, y uno suele arrimarse a ella con morboso deleite, como en esas antiguas fotos de bandoleros metidos en un cajón, rodeados de gente que posa, o la del Che Guevara de cuerpo presente y en nutrida compañía. Quizá la diferencia esté en el careto que ahora pone la peña. Antes todos posaban solemnes, por aquello de la circunstancia. Sin embargo, hace tiempo que pocos guardan las formas. Se sonríe ante la cámara, incluso se hacen gestitos divertidos y posturas simpáticas, una pierna por alto, un ojo guiñado y todo eso, lo mismo si tienes detrás la torre Eiffel que media docena de fiambres de patera ahogados en una playa.

No es de ahora, insisto, aunque el tiempo y la tecnología mejoran y afinan. Recuerdo dos variedades de cantamañanas habituales en la guerra de los Balcanes y el cerco de Sarajevo. Una eran los políticos, filósofos y escritores de ambos sexos que se dejaban caer por allí un par de días para hacerse una foto con chaleco antibalas, en plan turistas japoneses, y luego explicar al mundo con detalle de qué iba la tragedia. Otra eran los periodistas ful o los falsos cooperantes humanitarios, chusma intrusa a la que nadie había dado vela en aquel entierro, que aparecían y desaparecían cuando tenían las fotos o el vídeo, tras haber incordiado todo lo imaginable a los profesionales que estábamos haciendo nuestro trabajo. Y esa clase de gente, adaptada a los nuevos tiempos y escenarios, sigue ahí, metiéndose de por medio cámara en alto. Dando por saco. Pendientes de la foto, o de ellos mismos en la foto, sin mirar apenas lo que tienen detrás. Lo mismo en el museo del Prado que en el terremoto mexicano, o en una matanza en las Ramblas de Barcelona. Grabando tragedias en vez de evitarlas, teléfonos móviles dispuestos, registrando agresiones y tragedias en vez de actuar contra los agresores o socorrer a las víctimas. Hasta a sus propias familias se lo hacen. O se lo hacemos.

Y es que ya no miramos directamente la realidad. Ni siquiera lo creemos necesario. Las imágenes, sean de horror o de felicidad, sólo interesan para su posterior reproducción y difusión. Es nuestro minuto de gloria. Colgar fotos en Instagram y vídeos en Youtube se ha vuelto objetivo de nuestras vidas, como esos corredores de los encierros taurinos que, en vez de disfrutar con la adrenalina y el peligro, van con el móvil en la mano intentando grabar al toro; o las docenas de imbéciles y cobardes que graban en sus teléfonos la paliza mortal a un desgraciado en lugar de evitarla. Hasta una violación grabaríamos, como por otra parte ya se ha hecho. Cuanto hacemos está destinado a ser testimonio turístico: yo estaba allí, mira lo que comí ese día, mira cómo le sacudían a ése, mira cómo se desangraban las víctimas del terrorista. A ver si conseguimos hacerlo viral, oye. Que lo vea la familia, los amigos. Que lo vean todos, y por supuesto que me vean. Incluso los que no me conocen y a quienes importo un carajo.

Y todavía hay quien pregunta por qué prefiero los perros a las personas.

22 de octubre de 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Pagando una antigua deuda

Hoy debo ajustar una cuenta pendiente. Reparar una injusticia que es casi una traición. La mayor parte de ustedes, seguramente, y sobre todo los lectores jóvenes, ignora quién fue Jean Lartéguy. También yo soy algo responsable de eso, de que lo ignoren, pues creo que es la primera vez que lo menciono en público. En realidad ya casi nadie lo hace, o sin casi. Hace mucho se hundió en el olvido. Ni siquiera se le recuerda en Francia, su patria, lugar donde la palabra patria, hablando sobre Lartéguy, está más que justificada. Sin embargo, era un tío capaz de vender, en los años 60, medio millón de ejemplares de un libro. Las suyas eran novelas de guerra, descolonización y política. Fue soldado, reportero y novelista. Un tipo duro. Un baroudeur, como dicen allí. Murió hace seis años, a los noventa. Y posiblemente sea uno de los autores que más influyeron en mi juventud. Uno de los que me hicieron echarme al hombro la mochila e irme a la isla de los piratas.

Lo he recordado al hojear una biografía suya que encontré en un librero de viejo francés: Le dernier centurion, el último centurión. El título resulta apropiado, pues la trilogía de Lartéguy, la que lo hizo famoso, es Los centuriones, Los pretorianos y Los mercenarios. En la portada figura mi foto favorita de él, que también era la suya: Lartéguy sobre los cincuenta años, el pelo corto en cepillo como solía llevarlo, un cigarrillo en la boca y una expresión entre divertida y chulesca. Hay biografías que pueden leerse en la cara, y la suya era de ésas: comando con 19 años durante la 2.ª Guerra Mundial, teniente herido en Corea, reportero en Indochina y Argelia, sus libros, especialmente los que trataban sobre la guerra revolucionaria y quienes la combatían, tuvieron una enorme influencia en su tiempo.

Jean Lartéguy fue, con Oriana Fallaci y su libro Nada y así sea, así como Brincourt y Leblanc con Los reporteros, Pierre Schoendoerffer con Sangre en Indochina y Graham Greene con El americano tranquilo, el autor que más contribuyó a convencer a un lector de 16 o 17 años, el que yo era entonces, de que viajar a la guerra era penetrar en el corazón de las preguntas peligrosas que a esa edad me hacía. A él debo, por tanto, buena parte de algo que nunca manifiesto. Cuando me preguntan por mis influencias como novelista, éstas suelen ser literarias, y a eso respondo: clásicos griegos y latinos, Dumas, Stendhal, Galdós, Conrad, Mann… es cierto que Lartéguy nunca me viene a la boca cuando hablo de literatura. Pero cada vez que pienso en el reportero que fui, lo tengo muy presente. Tuve ocasión de decírselo en persona en el hotel Commodore de Beirut a principios de los años 80 –«Señor Lartéguy, sólo quiero estrechar su mano»–, como también la tuve con Oriana Fallaci poco antes de su muerte, durante la primera guerra del Golfo.

Oriana y Lartéguy fueron mis primeros y entrañables maestros. Pisando la huella de una y otro tuve el privilegio, aunque llegué cuando ya casi apagaban la luz, de ser el más joven de aquella veterana generación de enviados especiales a la que pertenecieron Miguel de la Cuadra, Manu Leguineche, Tomás Alcoverro, Vicente Talón y otros resabiados perros del oficio, para quienes hablar de Lartéguy y sus reportajes en Paris Match era mencionar a Dios. Fue él, por tanto, quien desde 1973 me convirtió en el más joven de los viejos reporteros y en el más viejo de los jóvenes. También, llegado el momento, me aclaró que escribir novelas era una forma eficaz de abandonar un oficio que, en palabras de Hemingway, es estupendo si sabes dejarlo a tiempo. Y cuando miro atrás no puedo quejarme de eso en absoluto. Por eso estoy hoy aquí, dándole a la tecla sobre él. Saldando mi deuda.

En el punto y aparte anterior, con un impulso nostálgico, me he levantado para acercarme a la parte de la biblioteca donde amarillean todos sus libros; incluso, en francés, los que no llegaron a publicarse en España: Las quimeras negras, La amarilla nostalgia, Los bufones… Y al abrir el último, de modo casual, encuentro unas líneas subrayadas por mí hace casi medio siglo, y que releo con una sonrisa: «Respondíamos a la exaltación con la ironía, la elegancia de nuestras actitudes y la grosería de nuestro lenguaje. No sabíamos cantar a coro». Después cierro el libro, y cuando lo devuelvo a su estante todavía sonrío, porque pienso que esas líneas muy bien podría haberlas escrito yo mismo. Pero es que, en realidad, también las he escrito yo, mucho más tarde, gracias en parte a Jean Lartéguy. Como consecuencia de sus libros, de la mirada que también él me adiestró, y de mi propia vida.

15 de octubre de 2017

domingo, 8 de octubre de 2017

En compañía de tontos

Puestos a ser justos, no sólo es España. Gracias a Dios. Las habas de la estupidez y la mala fe se cuecen en todas partes; y si eso no consuela demasiado, al menos lo hace más llevadero. Saber, por ejemplo, que la estatua de Colón en Barcelona no es la única que tiene la piqueta de demolición en el cogote, consuela un poco. Nada hay más tranquilizador que la estupidez compartida, global, en un mundo donde, ya desde la más remota antigüedad –y ahí seguimos–, juntas a un fanático o un malvado con 1.000 tontos y, matemáticamente, obtienes 1.001 hijos de la gran puta.

La tendencia actual de borrar la parte oscura del pasado y reinventar éste con la parte buena, o la que cada uno considera como tal, está sumiendo el mundo en un caos cultural ajeno a los hechos y razones que lo definen. Ignoramos que la historia no es buena ni mala, sino sólo historia, y borrándola creemos corregirla o librarnos de ella, cuando el resultado es justo lo contrario. Sin memoria, sin las claves que nos explican, somos monigotes en manos de oportunistas y sinvergüenzas, o rehenes de los estúpidos apóstoles de lo políticamente correcto. Y más cuando éstos se empeñan en que miremos el pasado, tan diferente en espíritu y maneras, con ojos del presente. Exigiéndole, por ejemplo, a una banda de aventureros hambrientos, duros, ambiciosos y desesperados que se comportaran en el siglo XV con los criterios morales de una oenegé del siglo XXI. Así nunca pueden salir las cuentas. Todos tuvimos bisabuelos que lucharon en guerras, invasiones, conquistas y reconquistas. Que mataron y murieron por un plato de comida, por una ambición, por una mala suerte, por una idea. Ocultarlos es amputarnos a nosotros mismos. Olvidar que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos.

Al pobre Colón, como digo, lleva tiempo cayéndole la del pulpo. Él sólo quería descubrir un mundo nuevo al otro lado del Atlántico, y se jugó el tipo para conseguirlo, gracias al apoyo que le dieron los reyes de España –ese país ahora de pronto inexistente– allá por el año 1492. Pero ya ven. Ha acabado comiéndose un marrón genocida como el sombrero de un picador: Cristina Kirchner le demolió la estatua en Buenos Aires, Ada Colau y la CUP quieren demolérsela en Barcelona, e innumerables cantamañanas de toda condición y pelaje andan buscándole las vueltas a don Cristóbal. Jugándole la del chino.

La última que yo sepa, se la han montado en Los Ángeles, California, ciudad hispana por excelencia empezando por el nombre (Nuestra Señora Reina de los Ángeles) y por quienes la fundaron. Pues bueno. Allí, con el silencio cuando no el aplauso de la abrumadoramente mayoritaria comunidad hispana, o sea, gente que se apellida Sánchez y Martínez, han suprimido el Columbus Day o Día de Colón –con el único voto en contra de un concejal de origen italiano, para más guasa–, y colocado en su lugar el Día de los Pueblos Indígenas. Lo cual estaría muy bien en muchos sitios, sobre todo de México para abajo; pero en Estados Unidos suena a sarcasmo guarro, porque allí precisamente, en la pulcra América anglosajona, y a diferencia de la sucia y grasienta América hispana, los pueblos indígenas fueron sistemáticamente exterminados, y los escasos supervivientes confinados en infames reservas. Y así, el gran John Ford pudo decirle a Peter Bogdanovich en una entrevista: «Los indios son un pueblo digno incluso en la derrota, pero eso no está bien visto en los Estados Unidos. Al público le gusta ver cómo matan a los indios. No los consideran seres humanos».

Así que, en fin. Qué quieren que les diga. Estos días va a estrenarse una película dirigida por Agustín Díaz Yanes, Oro, basada en un relato del arriba firmante, donde se cuenta mi manera de ver lo que fue la conquista de América: una sucesión de episodios fascinantes, terribles, épicos a veces y, desde luego, crueles y poco simpáticos. Pero asumiendo cuanto de terrible haya que asumir de la Historia, del horror y de la vida, que en el caso de la Conquista es mucho, el hecho cierto es que los indios de la América hispana siguen ahí, vivitos y coleando, compartiendo una lengua formidable entre quinientos millones de personas. Y muchos, por simple justicia histórica, han venido a vivir a España; mientras en los Estados Unidos ni están ni se les espera, entre otras cosas porque allí, con la Biblia y la cochina supremacía blanca por delante, se los cargaron a todos. Así que, por mí, como hispano que soy, como español que asume sin complejos su pasado en lo bueno y lo malo, la municipalidad de Los Ángeles puede irse a hacer puñetas. A excepción del concejal de origen italiano, claro. Ese tío cachondo.

8 de octubre de 2017

domingo, 1 de octubre de 2017

Coleccionar felicidad

Acabo de conseguir otro sable de caballería. Se trata de una herramienta soberbia y peligrosa, de combate. Da miedo verla. Como hago siempre, he pasado muchos días redactando su ficha, estudiando sus cuños y marcas, reconstruyendo su historia. Y la de este sable es, como siempre, fascinante: hoja inglesa del modelo 1796, llegada a España como parte de la ayuda militar británica en la guerra contra Napoleón, montada en 1815 en Toledo con empuñadura fabricada en Éibar, viajada a América para actuar allí en las guerras de independencia, posiblemente llevada a Texas –El Álamo– por las tropas de Santa Anna, para acabar en manos de un anticuario norteamericano y, al fin, en las mías. Y a las que llegue después. Porque un sable no es sólo un objeto antiguo, o de colección. Nada que se coleccione lo es. Y no hablo de huevos de Fabergé o cuadros carísimos, sino de cosas a menudo sencillas. Incluso humildes. Un sable, una pistola, un sello, una vitola de habano, una chapa de refresco, una moneda, una colección de cajas de cerillas, insectos, folletos de cine, fósiles, uniformes, estilográficas o ceniceros antiguos, de lo que sea, además de ser motivos de placer personal son puertas para aprender. Para mirar atrás en la historia, en la ciencia, en la vida propia o ajena. En la memoria.

Si hablo de felicidad de cazador, de instinto predatorio, de ese hormigueo que recorre la punta de los dedos ante la pieza codiciada, todo coleccionista auténtico sabrá a qué me refiero: a esa pulsión casi infantil, o sin casi, de posesión, de querer hacerte a toda costa con el objeto anhelado. De conseguirlo al fin y ponerlo junto a otros similares para saborear la contemplación, el orgullo íntimo, la felicidad que sólo quien ama algo de forma tan especial puede experimentar.

Mientras escribo esto, caigo en la cuenta de que el de coleccionista es un instinto más frecuente en hombres que en mujeres. Sin que esto, naturalmente, las excluya a ellas. Quizá tenga que ver con el lado lúdico, infantil, que los varones solemos conservar por más tiempo; mientras que ellas, con su abrumador instinto práctico, con su realismo lúcido, dedican aficiones y energías a aspectos más funcionales. Quizá una excepción notable a eso, entre mujeres, sean los libros. Si consideramos, con todo rigor, coleccionismo la pasión de lectores compulsivos obsesionados por acumular libros leídos o –lo más frecuente– por leer, sin duda hay más mujeres coleccionistas de libros que hombres. Lo que, con lectura de por medio, no deja de tener su lógica. Ellas leen más, creo, porque miran la vida cara a cara. Porque necesitan interpretar mejor. Su naturaleza les exige descifrar códigos que los hombres, en nuestra simpleza congénita, ignoramos o nos son indiferentes.

En cualquier caso, los coleccionistas son seres afortunados. Poseen una gracia friki casi divina. En algunos casos la afición se atenúa con el paso del tiempo; pero en otros, los vocacionales, lo que hace es intensificarse. Pasa igual con quienes, coleccionistas o no, tienen aficiones que los apasionan; los que construyen maquetas de barcos –yo hice eso durante muchos años–, los que aman la música, el cine, alistarse en recreaciones históricas o en una legión de la Guerra de las Galaxias; los que construyen torres Eiffel con mondadientes, adiestran palomas o crían hormigas para estudiar cómo viven. Lo que sea. Todos ellos conocen una clase de goce particular negado a otra clase de gente. Su afán de coleccionistas, sus intensas aficiones, su fascinante pasión, los elevan por encima de muchas cosas, a veces incluso más allá de la mediocridad y la grisura de sus –o nuestras, de ustedes y mía– propias vidas. Les permiten refugiarse en el ámbito maravilloso de un mundo singular, controlable, de reglas y límites definidos, donde son posibles la felicidad y el respeto hacia sí mismos. La propia estima. Los hacen, o nos hacen, seres especiales en algo, al fin.

Y así es como sucede un hermoso milagro. Cuando alguien consigue evadirse de las trampas que la vida nos tiende cada día, y dispone de tiempo para, en vez de atornillarse frente al televisor o el dispositivo electrónico, mirar sellos con una lupa, pintar soldaditos de plomo, pasar revista a una colección de dedales de coser, de tebeos antiguos, de ex libris conseguidos en librerías de viejo… Cuando ocurre algo de eso, el territorio hostil que nos rodea se difumina por un rato, o adquiere contornos soportables. Y el ser humano vuelve, en ese momento de íntima felicidad, a lo que nunca debe dejar de ser: la materia maravillosa donde germinan los sueños.

1 de octubre de 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

Demasiado lejos de Troya

Ayer anduve un rato tras la VI epístola de Horacio –nihil admirari– en la parte de mi biblioteca ocupada por los clásicos griegos y latinos, comparando varias traducciones. Al terminar, el azar me llevó a tomar de su estante un viejo y querido volumen que poseo desde hace medio siglo: Figuras y situaciones de la Eneida. Tengo devoción por ese libro, y su excelencia es una de las razones. La otra es que con él empecé a traducir a Virgilio a los dieciséis años; y en sus páginas, marcados a bolígrafo los hexámetros para diferenciar dáctilos y espondeos, figura mi propia traducción de cada verso: «Canto a las proezas y al hombre que de las costas de Troya / vino el primero a Italia y a la costa de Lavinia fugitivo del hado…».

Me senté a hojearlo, mientras recordaba, y luego lo devolví a su lugar con una sonrisa melancólica. Pensaba en don Antonio Gil, el profesor sabio y paciente que me guió por esos versos; y en Gloria, la profesora de Griego de bellas grebas que se casó –como era de esperar– con el profesor de gimnasia; y en José Luis Vallejo, el hermano marista con quien, en 2º de bachillerato, traduje mis primeras palabras de latín clásico: «Gallia est omnis divisa in partes tres». Y pensaba en mi amigo el profesor Arístides Mínguez, que en el colegio donde ahora se gana la vida suma veintiséis años peleando junto a las negras naves, cubierto del polvo de los héroes, intentando enseñar Cultura Clásica a chicos de quince años; y este curso no ha podido hacerlo porque, de un millar de alumnos inscritos en su instituto, sólo una docena había elegido esa asignatura, que carece de la utilidad inmediata de, por ejemplo, la informática o la lengua autonómica de turno. Y eso significa que una promoción entera de estudiantes, en ese colegio y en otros centenares de toda España, acabará la enseñanza secundaria sin tener ni remota idea de quiénes fueron Homero o Virgilio, sin saber lo que nuestro mundo debe a Solón, Clístenes o Pericles, sin recordar a Sócrates o buscar el camino a casa con Jenofonte, sin comprender las importantes consecuencias de la guerra por Hispania que enfrentó a Escipión y Aníbal. O sin poder, jamás, disfrutar de la belleza, la felicidad, de una frase tan perfecta y absoluta como «Nox atra cava circumvolat umbra».

El desinterés, cuando no la ignorancia criminal de los responsables de la educación en España en los últimos veinte o treinta años, no ha hecho sino ahondar el daño. En una sociedad resuelta a suicidarse culturalmente, como la nuestra, a los chicos brillantes se les aconseja estudiar sólo bachilleratos científicos o de ciencias sociales; a los torpes, humanidades; y a los zopencos, ciclos formativos. Tal es el triste mapa de nuestro futuro. Y en ese afán disparatado de borrar de las aulas todo lo inútil, las malnacidas leyes y reformas educativas del Pesoe y del Pepé han conseguido que los alumnos que con 16 años pueden optar por Humanidades –mi generación estudiaba latín básico y obligatorio con 11 o 12–, se encuentren ahí por primera vez con el latín, aunque descafeinado y de una simpleza aterradora. Pero esa opción, además, compite con otras socialmente mejor vistas: la científico-tecnológica y la profesional, de modo que sus posibilidades son mínimas.

Por no hablar del griego, claro. En algunas comunidades –que ésa es otra, cada cual a su aire–, en 1º de bachillerato puede elegirse, es cierto, entre Griego y Literatura Universal. Pero los chicos no son tontos, y saben que el griego es difícil y endurecerá la selectividad. Así que adiós para siempre a Homero y compañía. Decenas de profesores al paro, u obligados a impartir materias afines de las que no tienen ni zorra idea. Y lo que es peor: generaciones de jóvenes ciudadanos a los que se arrebata el derecho a una educación integral; echados al mundo sin saber, y sin importarles un carajo, quiénes fueron Arquímedes, Séneca o Catilina, ni lo que de verdad y en origen significan palabras como agonía, democracia o isonomía.

No olvido que la primera vez que vi arder una ciudad, Nicosia en 1974, con veintidós años, llevaba en la memoria –y en la mochila, aunque eso fue casual– el canto II de la Eneida. Y en los griegos armados que se despedían de sus familias reconocí sin dificultad a Héctor, el del tremolante casco. Y es que de eso se trata, a fin de cuentas. Sin el latín, sin el griego, sin aquellos profesores que me guiaron por ellos, nunca habría podido comprender Troya y cuanto hoy significa y esclarece. Me habría perdido entre los dardos aqueos, en la negra y cóncava noche, sin encontrar nunca el camino de Ítaca o de las costas de Italia. Sin la forma de mirar el mundo con la que hoy vivo, envejezco y escribo.

24 de septiembre de 2017


domingo, 17 de septiembre de 2017

El cuello de ánfora



Fue uno de aquellos veranos lejanos de atardeceres tranquilos, cielos cárdenos y playas mediterráneas todavía despobladas –hablo de hace casi cincuenta años– que olían a salitre y resina de pinos, con la arena aún caliente y el agua, casi inmóvil, lamiendo con suavidad en la orilla conchas vacías y pequeñas madejas de algas. Yo aún no había cumplido dieciocho años y estaba a punto de echarme al hombro una mochila llena de libros para viajar a la isla de los piratas, sin saber que iba a pasar en ella más tiempo del que suponía. Miraba la playa, el mar y la vida con los ojos ávidos del joven que desde hace poco tiempo camina solo. Y con esos ojos la miraba a ella.

Era norteamericana. De Santa Bárbara, California. Su padre trabajaba cerca del mío, y ella había venido a pasar con él unas vacaciones. Hablaba español con resonancias mexicanas. Conservo de ella una bonita fotografía en blanco y negro. Está en bikini, echada atrás la cabeza, bebiendo vino de un porrón del que le cae el vino por la barbilla, el pecho y la cintura. Era rubia y muy guapa, con algunas pecas. Su nombre sólo es asunto mío y de los amigos de entonces que la recuerdan. Tenía una risa sonora, contagiosa. Sana. Una risa de muchacho.

Fue una historia de verano, corta y perfecta. Miradas jóvenes, pieles jóvenes. Carne joven. Un mundo delicioso por descubrir. Y parte de ese mundo lo descubrimos juntos. Yo hacía mis primeras incursiones serias –no éramos tan precoces, entonces– por ciertos fascinantes territorios, y ella también. O al menos se comportó con la suficiente osadía por su parte. Aquellas playas entre acantilados, aquellos bosques de pinos donde cantaban enloquecidas las cigarras, contribuyeron adecuadamente al asunto. Fueron sólo unos días, pero de su intensidad es buena prueba la nitidez con que los recuerdo.

Alguna vez la llevé a navegar con Paco el Piloto. Se quedaba a bordo del barco del viejo patrón mientras mi hermano, mi amigo Roge y yo nos poníamos el equipo de buceo y nos sumergíamos en busca de ánforas romanas. Eran otros tiempos, como digo. Tiempos donde el mar aún era coto de los audaces que lo tenían por suyo. Tiempos de aventura y libertad. Al regreso de una de esas inmersiones le regalé a ella un cuello muy bonito de ánfora. Como buena gringa anglosajona, no podía creer que aquello tuviera veinte siglos de antigüedad. Se la llevó a California sin problemas –ya digo que eran otros tiempos– y meses después me envió una foto del cuello de ánfora puesto en una vitrina, en el salón de su casa. Después, la vida nos borró a uno del otro.

Hace un año estuve en San Francisco, California, presentado una novela. Isabel Allende tuvo la cortesía de acompañarme aquella tarde, y también estaba allí Daniel Sherr, mi intérprete y amigo neoyorkino del que ya he escrito aquí alguna vez. Mi inglés de viejo reportero es demasiado elemental para floripondios, así que cuando debo hablar allí en público lo tengo siempre a mano. En el curso de la charla salió a relucir la historia del cuello de ánfora. «Se lo regalé –dije– a una joven californiana, bellísima, que estaba de vacaciones en Cartagena, España, en el verano del 69». Entonces, entre el público, una señora levantó la mano. «Yo estaba en Cartagena ese verano», dijo.

Soy un tipo templado, o eso creo. Pero se me paró el corazón. Literalmente. Me quedé muy quieto mirándola durante un largo silencio mientras la gente nos observaba, sonriente y divertida. Algunos aplaudieron. La señora era rubia, muy bien vestida, y era evidente que había sido muy guapa, porque lo era todavía. Debí de estar callado como diez segundos, estudiándola con extrema fijeza. «Es imposible –dije–. Esas casualidades sólo existen en las novelas». Rió el público, y aplaudieron otra vez. Ella sonreía, sin responder, disfrutando del efecto. «¿Vive usted en Santa Bárbara?», pregunté asombrado. Aún guardó silencio un momento. «Nunca estuve en Santa Bárbara, pero sí en Cartagena, como he dicho. Mi padre estaba en la Armada norteamericana y vivimos un tiempo allí», repuso. «Entonces –concluí inseguro, observándola aún desconcertado– usted no puede ser ella». Y era menos una afirmación que una pregunta. Volvió a quedarse callada unos instantes. Su sonrisa era enigmática y deliciosa. «No, no soy ella –respondió al fin–. Y lo lamento, porque ésta habría sido una bonita historia».

17 de septiembre de 2017

domingo, 10 de septiembre de 2017

España es culpable

No sé qué ocurrirá en Cataluña en octubre. Estaré de viaje, con la dosis de vergüenza añadida de quien está en el extranjero y comprueba que lo miran a uno con lástima, como súbdito de un país de fantoches, surrealista hasta el disparate. Por eso, el mal rato que ese día voy a pasar quiero agradecérselo a tres grupos de compatriotas, catalanes y no catalanes: los oportunistas, los cobardes y los sinvergüenzas. Hay un cuarto grupo que incluye desde ingenuos manipulables a analfabetos de buena voluntad, pero voy a dejarlos fuera porque esta página tiene capacidad de aforo limitada. Así que me centraré en los otros. Los que harán posible que a mi edad, y con la mili que llevo, un editor norteamericano, un amigo escritor francés, un periodista cultural alemán, me acompañen en el sentimiento.

Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones –con corbata o sin ella–, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos. Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable. Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones –cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista–, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.

Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad. Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey. Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir –no era preciso ser futurólogo– los llamaban exagerados y alarmistas.

Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien. Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables. Por estúpidos. Por indiferentes y por cobardes.

10 de septiembre de 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017

El capitán Kamiros

Nunca supe cómo se llamaba de verdad. Cuando el 2 de julio de 1982 pregunté por su barco en Larnaca, Chipre, lo llamaron capitán Kamiros. Muchos años después, en La carta esférica, le cambié el nombre por capitán Raufoss, pero a mí me lo presentaron como Kamiros. Que tal vez tampoco era su verdadero nombre. El capitán Kamiros era un griego bajito y pulcro, de mediana edad, hombros anchos, con el pelo rizado muy escaso y un frondoso bigote negro. Llevaba camisas caqui muy bien planchadas y fumaba a todas horas en una boquilla de ámbar. Fui a verlo al puerto, en una oficina cochambrosa con moscas aplastadas en las paredes. Le dije que quería ir a Junieh, Líbano, porque el aeropuerto de Beirut estaba cerrado por los combates. «La marina israelí bloquea el mar», dijo. Le respondí que ya lo sabía, y también que él burlaba el bloqueo llevando contrabando. Y que también sabía que lo habían llamado por teléfono unos amigos comunes, para hablarle bien de mí. Estuvo mirando, impasible, cómo iba poniendo billetes de 20 dólares sobre la mesa. Al fin sonrió, se los metió doblados en un bolsillo y me ofreció un café. 

Fue una noche muy larga. Salimos a media tarde en su barco, el Glaros, o al menos ése era el nombre que llevaba pintado, sospechosamente reciente, sobre el casco herrumbroso donde se adivinaban otros nombres anteriores. El Glaros era un pequeño mercante con el puente a popa y la cubierta corrida. La tripulación consistía en una docena de griegos e italianos, de los que el más inofensivo tenía cara de haber cumplido condena por matar a su madre. Me miraron mal, pero el capitán cambió unas palabras con ellos, repartí cigarrillos como si me sobraran, y al final hasta me dieron una chawarma fría para cenar y una taza de café turco espeso como el barro. No tenían camarotes para pasajeros, o al menos eso dijeron; así que me acomodé en cubierta, sobre el saco de dormir, usando mi reducido equipaje como almohada. Íbamos sin luces de navegación, pues las apagaron en cuanto quedó atrás la costa chipriota –«No smoke, no lights», me dijeron–, así que podían verse de maravilla las estrellas. Por suerte no hacía frío, pero al llegar la noche el relente empapó la cubierta y mis ropas. Yo tenía treinta y un años, estaba en buena forma. Pero aquellas cien millas no fueron un viaje cómodo. 

Sobre las tres de la madrugada, el Glaros detuvo las máquinas y se quedó parado, balanceándose en la marejada. Al cabo de un rato subí al puente y pedí permiso para entrar. Las caras del capitán, su segundo y el timonel se veían débilmente iluminadas desde abajo por el radar y la luz suave de la bitácora. Kamiros escudriñaba la noche con los prismáticos. Me señaló un eco en la pantalla de radar y volvió a mirar por los Zeiss: «Una patrullera israelí, en el límite de las aguas libanesas», dijo. «¿Nos ven?», pregunté. «Pues claro –respondió–. Como nosotros a ellos. Pero aún estamos en aguas libres». Quise saber cuál era el siguiente paso, y dijo muy tranquilo: «Ser más pacientes que los israelíes y buscar otro agujero en la red». El resto de la escena lo describí diecisiete años después en La carta esférica: «Viró despacio, todo a estribor, avante poca y ni un cigarrillo encendido a bordo, para alejarse discretamente en la oscuridad». 

Patrullera israelí fotografiada desde el “Glaros”. Foto: Arturo Pérez-Reverte.
Por la mañana, fondeados en Junieh, Kamiros se fumó conmigo un cigarrillo y me ofreció otra taza de café parecido al barro antes de hacerme, con mi cámara Pentax, una foto que aún conservo: sentado en cubierta, sobre mi petate de lona, con la ciudad al fondo. Quise hacerle una a él; pero no quiso, por razones obvias. Me despidió fumando en su boquilla de ámbar, recién afeitado y con la camisa impecablemente planchada, como si la noche no hubiera pasado por ella ni para él. Lejos, hacia Beirut, se alzaba una columna de humo. «Debe usted de estar loco», me dijo sonriente –no lo había visto sonreír desde los dólares del día anterior–. «Tampoco usted parece muy cuerdo, capitán», respondí, y se rió. Nos estrechamos la mano y descendí por la escala de gato hasta la lancha que aguardaba abajo. 

Arturo Pérez-Reverte en la cubierta del “Glaros” frente a Junieh, Líbano. Foto: capitán Kamiros.
No sé qué fue de él, ni del Glaros, si es que se siguió llamando así. Nunca volví a verlos. Pero cuando estoy en el mar y veo un mercante pequeño, de esos con nombre repintado y matrícula de conveniencia, no puedo evitar recordarlos, y reconocerlos. Pese a la tecnología, a los satélites, a cuanto las leyes terrestres inventan para controlar lo incontrolable del ser humano, el capitán Kamiros, su risa y su barco siguen navegando imperturbables, como desde hace siglos, por el viejo Mediterráneo. Buscando, siempre, agujeros en la red. 

3 de septiembre de 2017 

domingo, 27 de agosto de 2017

Una historia de España (y XCII)

Desde hace cuatro años, alternando con otros asuntos, he venido contando en esta página una visión de la historia de España. En ningún momento, como fue fácil deducir de tonos y contenidos, pretendí suplantar a los historiadores. Un par de ellos, gente de poca cintura y a menudo con planteamientos sectarios de rojos y azules, de blancos y negros, de buenos y malos, bobos más o menos ilustrados en busca de etiquetas, que confunden ecuanimidad con equidistancia, se han ofendido como si les hubiera mentado a la madre; pero su irritación me es indiferente. En cuanto a los lectores, si durante este tiempo logré despertar la curiosidad de alguno y dirigirla hacia libros de Historia específicos y serios donde informarse de verdad, me doy por más que satisfecho. No era mi objetivo principal, aunque me alegro. En mi caso se trataba, únicamente, de divertirme, releer y disfrutar. De un pretexto para mirar atrás desde los tiempos remotos hasta el presente, reflexionar un poco sobre ello y contarlo por escrito de una manera personal, amena y poco ortodoxa con la que, como digo, he pasado muy buenos ratos oyendo graznar a los patos. En estos noventa y dos artículos paseé por nuestra historia, la de los españoles, la mía, una mirada propia, subjetiva, hecha de lecturas, de experiencia, de sentido común dentro de lo posible. Al fin de cuentas, sesenta y cinco años de libros, de viajes, de vida, no transcurren en balde, y hasta el más torpe puede extraer de todo ello conclusiones oportunas. Esa mirada, la misma con que escribo novelas y artículos, no la elegí yo, sino que es resultado de todas esas cosas: la visión, ácida más a menudo que dulce, de quien, como dice un personaje de una de mis novelas, sabe que ser lúcido en España aparejó siempre mucha amargura, mucha soledad y mucha desesperanza. Nadie que conozca bien nuestro pasado puede hacerse ilusiones; o al menos, eso creo. Los españoles estamos infectados de una enfermedad histórica, mortal, cuyo origen quizá haya aflorado a lo largo de todos estos artículos. Siglos de guerra, violencia y opresión bajo reyes incapaces, ministros corruptos y obispos fanáticos, la guerra civil contra el moro, la Inquisición y su infame sistema de delación y sospecha, la insolidaridad, la envidia como indiscutible pecado nacional, la atroz falta de cultura que nos ha puesto siempre –y nos sigue poniendo– en manos de predicadores y charlatanes de todo signo, nos hicieron como somos: entre otras cosas, uno de los pocos países del llamado Occidente que se avergüenzan de su gloria y se complacen en su miseria, que insultan sus gestas históricas, que maltratan y olvidan a sus grandes hombres y mujeres, que borran la memoria de lo digno y sólo conservan, como arma arrojadiza contra el vecino, la memoria del agravio y ese cainismo suicida que salta a la cara como un escupitajo al pasar cada página de nuestro pasado (muchos ignoran que los españoles ya nos odiábamos antes de Franco). Estremece tanta falta de respeto a nosotros mismos. Frente a eso, los libros, la educación escolar, la cultura como acicate noble de la memoria, serían el único antídoto. La única esperanza. Pero temo que esa batalla esté perdida desde hace tiempo. La semana pasada detuve mi repaso histórico en la victoria socialista de 1982, en la España ilusionada de entonces, entre otras cosas porque desde esa fecha hasta hoy los lectores tienen ya una memoria viva y directa. Pero también, debo confesarlo, porque me daba pereza repetir el viejo ciclo: contar por enésima vez cómo de nuevo, tras conseguir empresas dignas y abrir puertas al futuro, los españoles volvemos a demoler lo conseguido, tristemente fieles a nosotros mismos, con nuestro habitual entusiasmo suicida, con la osadía de nuestra ignorancia, con nuestra irresponsable y arrogante frivolidad, con nuestra cómoda indiferencia, en el mejor de los casos. Y sobre todo, con esa estúpida, contumaz, analfabeta, criminal vileza, tan española, que no quiere al adversario vencido ni convencido, sino exterminado. Borrado de la memoria. Lean los libros que cuentan o explican nuestro pasado: no hay nadie que se suicide históricamente con tan estremecedora naturalidad como un español con un arma en la mano o una opinión en la lengua. Creo –y seguramente me equivoco, pero es lo que de verdad creo– que España como nación, como país, como conjunto histórico, como queramos llamarlo, ha perdido el control de la educación escolar y la cultura. Y creo que esa pérdida es irreparable, pues sin ellas somos incapaces de asentar un futuro. De enseñar a nuestros hijos, con honradez y sin complejos, lo que fuimos, lo que somos y lo que podríamos ser si nos lo propusiéramos. 

27 de agosto de 2017 

domingo, 20 de agosto de 2017

Una historia de España (XCI)

Fue, paradójicamente, un golpe de estado, o el intento de darlo, lo que acabó por consolidar y hacer adulta la recién recobrada democracia española. El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, respaldado por el capitán general de Valencia, general Milans del Bosch, y una trama de militares y civiles nostálgicos del franquismo, asaltó el parlamento y mantuvo secuestrados a los diputados durante una tensa jornada, reviviendo la vieja y siniestra tradición española de pronunciamiento, cuartelazo y tentetieso, tan cara a los espadones decimonónicos (nunca la lectura de El ruedo ibérico de Valle-Inclán y los Episodios Nacionales de Galdós fue tan recomendable como en los tiempos que corren, para entender aquello y entendernos hoy). Entraron Tejero y sus guardias en las Cortes, gritó aquel animal «¡Todos al suelo!», y toda España contuvo el aliento, viéndose otra vez en las zozobras de siempre. Con todos los diputados en el suelo, en efecto, acojonados y agazapados como conejos –no siempre Iberia parió leones– excepto el dirigente comunista Santiago Carrillo (lo iban a fusilar seguro, y se fumó un pitillo sin molestarse en agachar la cabeza), el presidente Adolfo Suárez y el teniente general Gutiérrez Mellado, que le echaron unos huevos enormes enfrentándose a los golpistas (Tejero cometió la vileza de querer zancadillear al viejo general, sin conseguirlo), todo estuvo en el alero hasta que el rey Juan Carlos, sus asesores y los altos mandos del Ejército detuvieron el golpe, manteniendo la disciplina militar. Pero no fueron ellos solos, porque millones de españoles se movilizaron en toda España, y los periódicos, primero El País, luego Diario 16 y al fin el resto, hicieron ediciones especiales llamando a la gente a defender la democracia. Ahí fue donde la peña estuvo magnífica (o estuvimos, porque los de mi quinta ya estábamos), a la altura de la España que deseaba tener. Y se curró su libertad. Eso quedó claro cuando, dimitido Suárez –sus compadres políticos no le perdonaron el éxito, ni que fuera chulo, ni que fuera guapo, y algunos ni siquiera le perdonaban la democracia– y gobernando Leopoldo Calvo-Sotelo, en España se instaló la plena normalidad democrática, aprobándose los estatutos de autonomía y entrando nuestras fuerzas armadas en la OTAN, decisión que tuvo una doble ventaja: nos alineaba con las democracias occidentales y obligaba a los militares españoles a modernizarse, conocer mundo y olvidar la caspa golpista y cuartelera. En cuanto a las comunidades, la Constitución de 1978, consensuada por todas –subrayo el todas– las fuerzas políticas y redactada por notables personalidades de todos los registros, había definido la España del futuro con nacionalidades y regiones autónomas, a punto de caramelo para 17 autonomías de las más avanzadas de Europa, en lo que uno de nuestros más ilustres historiadores vivos –quizá el que más–, Juan Pablo Fusi, define como «un estado social y democrático de derecho, una democracia plena y avanzada». Antes de salir de escena, y a fin de desactivar una vieja fuente de conflicto que siempre amenazó la estabilidad de España, Adolfo Suárez había logrado unos acuerdos especiales para Cataluña restableciendo la Generalidad, abolida tras la Guerra Civil, haciendo regresar triunfal del exilio a su presidente, Josep Tarradellas. Pero en el País Vasco las cosas no fueron tan fáciles, debido por una parte a la violencia descerebrada y criminal de ETA, y por otra al extremismo sabiniano de un individuo en mi opinión nefasto llamado Xabier Arzalluz, que llevó al PNV a posiciones de turbio oportunismo político (recordemos su cínico «unos mueven el árbol y otros recogemos las nueces» mientras ETA mataba a derecha e izquierda). Aun así, pese a que el terrorismo vasco iba a ser una llaga constante en el costado de la joven democracia española, ésta resistió con valor y entereza sus infames zarpazos. Y en las elecciones de octubre de 1982 se logró lo que desde 1939 parecía imposible: el partido socialista ganó las elecciones, y lo hizo con 10 millones de votos –Alianza Popular tuvo 5,4–. El PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, gobernó España. Y durante su largo mandato, pese a todos los errores y problemas, que los hubo, con la traumática reconversión industrial, terrorismo y crisis diversas, los españoles encontramos, de nuevo, nuestra dignidad y nuestro papel en el mundo. En 1985 entrábamos en la Comunidad Europea, y el progreso y la modernidad llegaron para quedarse. Alfonso Guerra lo había clavado: «A España no la va a reconocer ni la madre que la parió»

[Continuará]

20 de agosto de 2017 

domingo, 13 de agosto de 2017

Los chicos de aquel verano

Atardece mientras estoy fondeado cerca de tierra, al pie de un acantilado de mediana altura. El lugar es tranquilo, pues la playa está lejos y en las proximidades sólo hay una antigua torre vigía medio en ruinas, como la de El pintor de batallas, y una urbanización a lo lejos, medio oculta por las rocas. El mar está muy quieto y estoy sentado a popa, leyendo por enésima vez Juventud, de Joseph Conrad. En la pared rocosa que tengo a menos de un cable hay tallada una escalera que lleva a un pequeño mirador, y de vez en cuando oigo los chapuzones de una docena de muchachos que se arrojan al agua desde allí, suben y vuelven a arrojarse de nuevo. A veces dejo de leer, levanto la vista y los observo. Son una pandilla, chicos y chicas entre los doce y los quince años, de ésas que suelen formarse en verano. Sin duda son de la urbanización cercana. Cuando se cansan del agua se sientan en el repecho, con las piernas colgado, a mirar el mar. A ratos, el incipiente terral trae el eco de sus voces y sus risas. 

Cierro un momento el libro y los observo con más atención. La pareja, chico y chica sentados un poco aparte, que charla en voz baja. El que parece líder del grupo. El tímido algo marginado. El que les arranca carcajadas. El audaz que se lanza al agua desde más arriba que los otros. Las tres jovencitas hablando en voz baja de sus cosas… Los reconozco tan fácilmente como si yo mismo fuera uno de ellos. Cualquiera de ustedes los reconocería, supongo. No hay nada de extraño en eso, pues también fuimos ellos alguna vez: veranos que parecían interminables, atardeceres cárdenos, rumor suave del agua en la orilla, sabor de sal, juegos, chapuzones, reuniones al atardecer en lugares como éste, primeros ensayos de libertad, de amistad, de amor. El roce de una mano, las miradas reveladoras de sentimientos, el primer atisbo de la zona no bronceada en una piel morena, el calor de un cuerpo cercano, o el primer beso. El despertar al mundo, al sexo, a la vida, gracias al mar cercano y cómplice. 

Sigo mirando a los chicos del acantilado. Los conozco bien, como digo. Cada año desde hace muchos, cuando aferro las velas y echo el ancla en este lugar, ellos siguen ahí sin envejecer nunca, en el mirador tallado en la roca. Siempre distintos y siempre idénticos. Se van relevando a sí mismos y siempre tienen entre doce y quince años, y la pareja se sienta un poco aparte, y el líder de la pandilla sugiere tal o cual cosa, y el tímido mira de lejos a la muchacha que le gusta, y el gracioso los hace reír a todos, y el audaz se lanza al agua desde más arriba, y las tres jovencitas siguen sentadas un poquito aparte, mirando a hurtadillas a los chicos mientras hablan de sus cosas. Y aunque todos ellos, los que fueron y los que fuimos, ya se encuentran lejos de allí, o quizá son padres y abuelos que ahora están en esa urbanización cercana, sentados viendo la tele, o la vida los llevó a lugares distintos, o los borró de ella hace muchos años, esa pandilla de chicos tostados por el sol y con sal en la piel, con las piernas colgando del repecho del mirador, obra el milagro de mantener intacto el bucle de la memoria y de la vida que se renueva a sí misma. Y ustedes, y yo, y cuantos nos precedieron junto al mar impasible, seguimos sentados ahí arriba, despertando cada verano al mundo, al amor, al sexo y a la vida mientras alguien nos observa desde lejos, quizá desde un velero solitario anclado en la bahía, con un libro en las manos. Y ese alguien sonríe, porque comprende; y de ese modo, con la sonrisa aún en la boca, vuelve al viejo Conrad y lee: 

«Lo más maravilloso de todo es el mar, o eso creo. El mismo mar. ¿O es sólo la juventud? ¿Quién sabe? Todos habéis logrado algo en la vida; dinero, amor, cuanto se consigue en tierra. Pero decidme: ¿No fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no daba más que duros golpes y a veces una oportunidad para ponernos a prueba, sólo eso? ¿No es lo que echáis de menos? 

Y todos asentimos: el financiero, el contable, al abogado, asentimos sobre la mesa pulida que, como una lámina de agua parda e inmóvil reflejaba nuestras caras con surcos y arrugas, marcadas por la fatiga del trabajo, las decepciones, los éxitos, el amor; nuestros ojos fatigados que buscaban todavía, buscaban siempre, buscaban ansiosos ese algo de vida que mientras se espera ya se ha ido, que ha pasado sin ser visto, en un suspiro, en un instante, junto con la juventud, con la fuerza, con el ensueño de las ilusiones». 

13 de agosto de 2017 

domingo, 6 de agosto de 2017

Una historia de España (XC)

Y así llegamos, señoras y caballeros, a la mayor hazaña ciudadana y patriótica llevada a cabo por los españoles en su larga, violenta y triste historia. Un acontecimiento que –alguna vez tenía que ser– suscitó la admiración de las democracias y nos puso en un lugar de dignidad y prestigio internacional nunca visto antes (dignidad y prestigio que hoy llevamos un par de décadas demoliendo con imbécil irresponsabilidad). La cosa milagrosa, que se llamó Transición, fue un auténtico encaje de bolillos, y por primera vez en la historia de Europa se hizo el cambio pacífico de una dictadura a una democracia. De las leyes franquistas a las leyes del pueblo, sin violencia. «De la ley a la ley», en afortunada expresión de Torcuato Fernández Miranda, uno de los principales consejeros del rey Juan Carlos que timonearon el asunto. Por primera y –lamentablemente– última vez, la memoria histórica se utilizó no para enfrentar, sino para unir sin olvidar. Precisamente esa ausencia de olvido, la útil certeza de que todos habían tenido Paracuellos o Badajoz en el currículum, aunque la ilegalidad de los vencedores hubiese matado más y durante mucho más tiempo que la legalidad de los vencidos, impuso la urgencia de no volver a repetir errores, arrogancias y vilezas. Y así, España, sus políticos y sus ciudadanos se embarcaron en un ejercicio de ingeniería democrática. De ruptura mediante reforma. Eso fue posible, naturalmente, por el sentido de Estado de las diferentes fuerzas, que supieron crear un espacio común de debate y negociación que a todos beneficiaba. Adolfo Suárez, un joven, brillante y ambicioso elemento –era de Ávila– que había vestido camisa azul y provenía del Movimiento, fue el encargado de organizar aquello. Y lo hizo de maravilla, repartiendo tabaco, palmadas en la espalda y mirando a los ojos al personal (fue un grande entre los grandes, a medio camino entre nobleza de espíritu y trilero de Lavapiés, y además, guapo). Respaldado por el rey, auxiliado por la oposición –socialistas, comunistas y otros partidos–, apoyado por la confianza e ilusión de una opinión pública consciente de lo delicado del momento, Suárez lo consiguió con cintura e inteligencia, sometiendo al Búnker, que aún mostraba peligrosamente los dientes, y encajando también, además de la asesina reticencia de la ultraderecha, los zarpazos del imbécil y criminal terrorismo vasco; que parecía, incluso, más interesado en destrozar el proceso que los propios franquistas. Fue legalizado así el Partido Socialista, y al poco tiempo también el Partido Comunista, ya en pleno e irreversible proceso hacia la libertad. Un proceso complejo, aquél, cuyas etapas se fueron sucediendo: Ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes en 1976 y respaldada por referéndum nacional, y primeras elecciones democráticas en 1977 –¡España votaba de nuevo!–, que filtraron la sopa de letras de los nuevos y viejos partidos y establecieron las fuerzas principales: Unión de Centro Democrático, o sea, derecha de la que luego saldría Alianza Popular (165 escaños, a 11 de la mayoría absoluta), PSOE (118 escaños) y Partido Comunista (20 escaños). El resto se agrupó en formaciones más pequeñas o partidos nacionalistas. Todo esto, naturalmente, hacía rechinar los dientes a la derecha extrema y a los generales franquistas, que no vacilaban en llamar a Juan Carlos rey perjuro y a Suárez traidor fusilable. Y ahí de nuevo, los cojones –las cosas por su nombre– y el talento negociador de Adolfo Suárez, respaldado por la buena voluntad de los líderes socialista y comunista, Felipe González y Santiago Carrillo, mantuvieron a raya a los militares, los cuarteles bajo un control razonable y los tanques en sus garajes, o en donde se guarden los tanques, superando los siniestros obstáculos que el terrorismo de extrema derecha (matanza de Atocha y otras barbaries), el de extrema izquierda (Grapo) y la cerril brutalidad nacionalista (ETA) planteaban a cada paso. Y de ese modo, con la libertad cogida con alfileres pero con voluntad de consolidarla, abordamos los españoles el siguiente paso: dotarnos de una Constitución que regulase nuestros derechos y deberes, que reconociese la realidad de España y que estableciera un marco de convivencia que evitase repetir errores y tragedias del pasado. Y a esa tarea, redactar la que sería la Carta Magna de 1978, se dedicaron los hombres –las mujeres iban apareciendo ya, pero aún las dejaban al extremo de la foto– mejores y más brillantes de todas las fuerzas políticas de entonces. Con sus intereses y ambiciones, claro; pero también con una generosidad y un sentido común nunca vistos en nuestra Historia. 

[Continuará] 

6 de agosto de 2017 

domingo, 30 de julio de 2017

Cincuenta cochinos euros

Emilio es todo un personaje. Acaba de cumplir 67 tacos y lleva varios de jubilata. Me toca de refilón por vínculos familiares y lo conozco desde hace mucho. Es un fulano de inteligencia extraordinaria, con una formación intelectual que ya quisieran para sí muchos econopijos pasados por Harvard, o por donde pasen. Y además, de izquierdas como ha sido siempre –de izquierdas culto, que no es lo mismo que de izquierdas a secas, y más en España–, posee una formación dialéctica marxista impecable. En su día, paradojas de la vida, fue uno de los más eficaces comerciales de una multinacional donde ganaba una pasta horrorosa, pero currar con traje y corbata nunca le gustó. Así que se jubiló de forma anticipada, para vivir de una modesta pensión. No necesita más. Lee cinco periódicos diarios, oye la radio, fuma, se toma su café en el bar y pasa de todo. No creo que para la vida que lleva necesite más de trescientos euros al mes. A veces pienso que habría sido un mendigo de los que ni siquiera mendigan, perfecto y feliz, con su cartón de Don Simón y sus colegas. Por eso, en plan cariñoso, lo llamo Emilio el Perroflauta. 

Como pasa de todo, Emilio es un desastre. Va sin dinero en el bolsillo, entre otras cosas porque odia los bancos –siempre se negó a tener tarjetas de crédito– y cree que el mejor rescate para un banco es un cartucho de dinamita. Sus hermanas son quienes le vigilan la modesta cuenta corriente, hacen los pagos de agua y luz y le entregan el poco dinero de bolsillo que necesita. Pero, el otro día, se vio sin sonante. Pasaba cerca del banco, así que entró a pedir cincuenta euros de su cuenta. Había una cola enorme ante la ventanilla –todos los empleados tomando café menos una joven cajera– y aguardó con paciencia franciscana. Llegado ante la joven pidió cincuenta euros, y ella respondió que para cantidades menores de 600 euros tenía que salir afuera, al cajero automático. «No tengo tarjeta», respondió Emilio. «Te haremos una», dijo ella. «No quiero tarjetas vuestras ni de nadie», opuso él. La joven lo miraba con ojos obtusos. «Te la hacemos sin problemas». Acodado en la ventanilla, Emilio la miró fijamente. «Te he dicho que no quiero una tarjeta. Lo que quiero son cincuenta euros de mi cuenta». La chica dijo: «No puedo hacer eso». Y Emilio: «¿No puedes darme cincuenta euros de mi cuenta porque no tengo tarjeta?… Que salga tu jefe». 

Salió el jefe. «¿En qué puedo ayudarte?», dijo. Era un jefe de sucursal joven, estilo buen rollito. «Puedes ayudarme dándome cincuenta euros de mi dinero», respondió Emilio. «Tienes que comprender las normas –razonó el otro–. La tarjeta es un instrumento muy práctico para el cliente». Emilio miró atrás, como buscando a quién se dirigía el otro: «¿Me hablas a mí? –respondió al fin–. Porque, mira, soy viejo pero no soy gilipollas». El director tragaba saliva, insistiendo en que el interés del público, la comodidad, etcétera. «¿La comodidad de quién? –inquiría Emilio–. ¿La vuestra?». El otro siguió en lo suyo: «Te hacemos una tarjeta ahora mismo, sin comisiones». Pero ya he dicho que la formación marxista de Emilio es perfecta; así que, tras cinco minutos de argumentación metódica –el otro, abrumado, no sabía dónde meterse–, acabó así: «Además, eres tonto del haba. Porque el dinero, aunque sea poco, es mío y seguirá aquí. Pero con tanta tarjeta, tanta automatización y tanta mierda, al final quien sobrarás serás tú –señaló a la cajera– y todos estos desgraciados, porque os sustituirán las putas máquinas». 

A esas alturas, la cola ante la caja era kilométrica; y la gente, la cajera y el director escuchaban acojonados. Emilio dirigió a éste una mirada con reflejos de guillotina que lo hizo estremecerse. Entonces el director tragó saliva y se volvió a la cajera. «Dale sus cincuenta euros», balbució. Y en ese momento, Emilio el Perroflauta, erguido en su magnífica e insobornable gloria, miró con desprecio al pringado y le soltó: «¿Pues sabes qué te digo?… Que ahora tu banco, tú, la cajera y los empleados que tienes a estas horas tomando café podéis meteros esos cincuenta cochinos euros en el culo. Ya volveré otro día». Tras lo cual se fue hacia la puerta con paso firme y digno. Y al pasar junto a la gente que esperaba en la cola, sumisa –nadie había despegado los labios durante el incidente–, los miró con altivez de hombre libre y casi escupió: «¿Estáis ahí, callados y tragando como ovejas?… Si esta cola fuera en la Seguridad Social, ya la habríais quemado». Y después, muy tranquilo, fue a tomarse un carajillo a un bar donde le fiaban. 

30 de julio de 2017 

domingo, 23 de julio de 2017

Una historia de España (LXXXIX)

Todo se acaba en la vida, y al franquismo acabó por salirle el número. Asesinado el almirante Carrero Blanco, que era la garantía de continuidad del régimen, con Franco enfermo, octogenario y camino de Triana, y con las fuerzas democráticas cada vez más organizadas y presionando, la cosa parecía clara. El franquismo estaba rumbo al desguace, pero no liquidado, pues se defendía como gato panza arriba. Don Juan Carlos de Borbón, por entonces todavía un apuesto jovenzuelo, había sido designado sucesor a título de rey, y el Búnker y los militares lo vigilaban de cerca. Sin embargo, los más listos las veían venir. Entre los veteranos y paniaguados del régimen, no pocos andaban queriendo situarse de cara al futuro pero manteniendo los privilegios del pasado. Como suele ocurrir, avispados franquistas y falangistas, viendo de pronto la luz, renegaban sin complejos de su propia biografía, proclamándose demócratas de toda la vida, mientras otros se atrincheraban en su resistencia numantina a cualquier cambio. La represión policial se intensificó, junto con el cierre de revistas y la actuación de la más burda censura. 1975 fue un annus horribilis: violencia, miedo y oprobio. La crisis del Sáhara Occidental (que acabó siendo abandonado de mala y muy vergonzosa manera) aún complicó más las cosas: terrorismo por un lado, presión democrática por otro, reacción conservadora, brutalidad ultraderechista, militares nerviosos y amenazantes, rumores de golpe de Estado, ejecución de cinco antifranquistas. El panorama estaba revuelto de narices, y el tinglado de la antigua farsa ya no aguantaba ni harto de sopas. Subió por fin el Caudillo a los cielos, o a donde le tocara ir. Sus funerales, sin embargo, demostraron algo que hoy se pretende olvidar: muchos miles de españoles desfilaron ante la capilla ardiente o siguieron por la tele los funerales con lágrimas en los ojos, que no siempre eran de felicidad. Demostrando, con eso, que si Franco estuvo cuatro décadas bajo palio no fue sólo por tener un ejército en propiedad y cebar cementerios, sino porque un sector de la sociedad española, aunque cambiante con los años, compartió todos o parte de sus puntos de vista. Y es que en la España de hoy, tan desmemoriada para esa como para otras cosas, cuando miramos atrás resulta –hay que joderse– que todo el mundo era heroicamente antifranquista; aunque, con 40 años de régimen entre pecho y espalda y el dictador muerto en la cama, no salen las cuentas (como dijo aquel fulano a la locomotora de tren que soltó vapor al llegar a la estación de Atocha: «Esos humos, en Despeñaperros»). El caso, volviendo a 1975, es que se fue el caimán. O sea, murió Franco, Juan Carlos fue proclamado rey jurando mantener intacto el chiringuito, y ahí fue donde al franquismo más rancio le fallaron los cálculos, porque –afortunadamente para España– el chico salió un poquito perjuro. Había sido bien educado, con preceptores que eran gente formada e inteligente, y que aún se mantenían cerca de él. A esas excelentes influencias se debieron los buenos consejos. Había que elegir entre perpetuar el franquismo –tarea imposible– con un absurdo barniz de modernidad cosmética que ya no podía engañar a nadie, o asumir la realidad. Y ésta era que las fuerzas democráticas apretaban fuerte en todos los terrenos y que los españoles pedían libertad a gritos. Aquello ya no se controlaba al viejo estilo de cárcel y paredón. La oposición moderada exigía reformas; y la izquierda, que coordinaba esfuerzos de modo organizado y más o menos eficaz, exigía ruptura. Ignoro, en verdad, lo inteligente que podía ser don Juan Carlos; pero sus consejeros no tenían un pelo de tontos. Era gente con visión y talla política. En su opinión, en un país con secular tradición de casa de putas como España (en realidad no era su opinión, sino la mía), especialista en destrozarse a sí mismo y con todas las ambiciones políticas de nuevo a punto de nieve, sólo la monarquía juancarlista tenía autoridad y legitimidad suficientes para dirigir un proceso de democratización que no liara otro desparrame nacional. Y entonces se embarcaron, entre 1976 y 1978, en una aventura fantástica, caso único entre todas las transiciones de regímenes totalitarios a demócratas en la Historia. Nunca antes se había hecho. De ese modo, aquel rey todavía inseguro y aquellos consejeros inteligentes obraron el milagro de reformar, desde dentro, lo que parecía irreformable. Iba a ser, nada menos, el suicidio de un régimen y el nacimiento de la libertad. Y el mundo asistió, asombrado, a sucesos que de nuevo hicieron admirable a España. 

[Continuará]

23 de julio de 2017

domingo, 16 de julio de 2017

Carta a una chica muerta

Alguna vez he dicho que en los últimos tiempos, aunque leo todas las cartas que recibo, me es imposible responder a ellas. Hasta hace poco lo hacía disciplinadamente, aunque fuera con retraso; pero ya no puedo. Cartas respondiendo a cartas, o tarjetas de agradecimiento por los libros que sus autores me envían. Es demasiado correo y es un honor recibirlo, pero ese honor rebasa mis posibilidades. Y nunca quise dejar esa tarea a un secretario o asistente. Uno envejece, menguan las energías y también la vida se complica con viajes y obligaciones profesionales y personales que reducen el tiempo disponible. No se ofendan, por tanto, quienes ya no reciben respuesta. No se sientan decepcionados. No es indiferencia, sino sólo que me hago mayor. Y me canso. Sesenta y seis tacos de almanaque empiezan a notarse un poco. Quien los tiene, lo sabe. 

Hay excepciones, naturalmente. Cartas a las que resulta imposible no responder. Y eso me ocurre hoy. Lo singular es que se trata de una carta cuya respuesta no puedo enviar a ninguna dirección postal. Esa dirección ya no existe, pues la carta ha seguido un extraño camino hasta llegar a mis manos. La escribió en Jaén una joven llamada Carmen el 4 de junio de 2002. Carmen tenía 27 años, y murió meses después de escribir a mano esas líneas que nunca llegó a echar al correo. La carta fue encontrada años después por la madre, entre los viejos papeles de su hija, y me la remitió con una breve nota explicativa el 29 de junio de 2014. Llegada a mis manos con otras cartas, se traspapeló entre las páginas de un libro, y no la he encontrado ni abierto hasta hace unas semanas, el 7 de junio de 2017. Siempre junio, fíjense qué coincidencia. Doce años tardó en llegar a mis manos y tres años he tardado yo en leerla. Quince años después de la muerte de Carmen. 

No detallaré mucho lo que dice. Se confiesa seguidora entusiasta de mis novelas, y comprobando las fechas veo que no llegó a leer La reina del Sur, en la que yo todavía estaba trabajando a su muerte. Seguramente la última fue La carta esférica, o uno de los Alatristes. En su nota, la madre, que también se llama Carmen, asegura que su hija era lectora ávida de toda clase de libros, incluidos los míos. «Era una enamorada –asegura– de todo lo que saliera de sus manos». Esa línea, como pueden imaginar, me remueve por dentro. Me entristece ante el pensamiento de que Carmen murió sin que yo supiera de su existencia, y de que haya tardado tanto en saberlo. En aquel tiempo aún podía yo responder puntualmente a cuantas cartas recibía, y sin duda lo habría hecho a la suya. Una carta que ella nunca puso en el correo, una carta que tardé quince años en leer. Y esa desazón, o ese remordimiento, me hace estar hoy aquí dándole a la tecla, mientras intento torpemente responder a las palabras de afecto de una chica muerta. 

En su carta, escrita en papel cuadriculado y con letra redonda, tinta violeta, por las dos caras del folio, Carmen se revela como lectora entusiasta de libros y ávida amante de la literatura. Me habla apasionadamente de Charles Dickens, de Galdós –su escritor favorito– y de Alejandro Dumas, y también de Humphrey Bogart, y de un viejo y triste artículo que escribí en 1993 titulado Cuento de Navidad, que según ella trasladó su interés del reportero de la tele que aún era yo entonces al novelista que empezaba a asentarse por esas fechas. También me cuenta que en cierta ocasión, estando yo en una feria del libro, tuvo ocasión de saludarme, pero se impuso la timidez y no se atrevió; siendo su padre, cartagenero como yo, quien al fin se acercó a pedirme para ella una firma en un libro. Me dice todo eso, y termina expresando la esperanza de poder conversar conmigo algún día sobre libros y literatura. Nunca tuvimos esa conversación, o sí. Porque en realidad converso con ella ahora, sentado en el lugar donde trabajo, teniendo a mi izquierda una estantería llena de diccionarios y libros de consulta, y a la derecha los estantes que con cada novela lleno de material de trabajo antes de vaciarlos y empezar de nuevo. Por la ventana entra una luz dorada en la que parece navegar, dentro de su urna de cristal, la maqueta de la Bounty. Y quiero decirle a Carmen que en este momento su carta se encuentra junto al manuscrito recién terminado que está sobre la mesa, con las últimas correcciones a una nueva novela que ella nunca leerá, pero que de algún modo también me ayudó a escribir. Por eso le doy las gracias y le devuelvo con todo mi cariño aquel lejano beso de amiga que al fin recibí, quince años después, desmintiendo a la muerte, al tiempo y al olvido. 

16 de julio de 2017

domingo, 9 de julio de 2017

Una historia de España (LXXXVIII)

Los últimos años de la dictadura franquista fueron duros en varios aspectos, entre otras cosas porque, represión política aparte, tuvieron de fondo una crisis económica causada por la guerra árabe-israelí de 1973 y la subida de los precios del petróleo, que nos dejó a todos tiesos como la mojama. Por otro lado, las tensiones radicalizaban posturas. Había contestación social, una oposición interior y exterior que ya no podía conformarse con la mezquina apertura que iba ofreciendo el régimen, y un aparato franquista que se negaba a evolucionar hacia fórmulas ni siquiera razonables. Los separatismos vasco y catalán, secular fuente de conflicto hispano, volvían a levantar cabeza tras haber sido implacablemente machacados por el régimen, aunque cada uno a su manera. Con más habilidad táctica, los catalanes –la histórica ERC y sobre todo la nueva CDC de Jordi Pujol– lo planteaban con realismo político, conscientes de lo posible y lo imposible en ese momento; mientras que, en el País Vasco, el independentista aunque prudente y conservador PNV se vio rebasado a la izquierda por ETA: el movimiento radical vasco que, alentado por cierto estólido sector de la iglesia local (esa nostalgia del carlismo, nunca extinguida entre curas norteños y trabucaires), había empezado a asesinar policías y guardias civiles desde mediados de los 60, y poquito a poco, sin complejos, le iba cogiendo el gusto al tiro en la nuca. Aunque ETA no era la única que mataba. De los nuevos partidos de extrema izquierda, donde se situaban los jóvenes estudiantes y obreros más politizados, algunos, como el FRAP y el GRAPO, derivaron también hacia el terrorismo con secuestros, extorsiones y asesinatos, haciendo entre unos y otros subir la clásica espiral acción-represión. En cuanto a las más pacíficas formaciones de izquierda clásica, PCE –que había librado casi en solitario la verdadera lucha antifranquista– y PSOE –irrelevante hasta el congreso de Suresnes–, habían pasado de actuar desde el extranjero a consolidarse con fuerza en el interior, aún clandestinos pero ya pujantes; en especial los comunistas, que bajo la dirección del veterano Santiago Carrillo (astuto superviviente de la Guerra Civil, de todos los ajustes de cuentas internos y de todas las purgas stalinianas), mostraban un rostro más civilizado al adaptarse a la tendencia de moda entre los comunistas europeos, el eurocomunismo, consistente en romper lazos con Moscú, renunciar a la revolución violenta y aceptar moverse en el juego democrático convencional. Todo ese espectro político, por supuesto, era por completo ilegal, como lo era también la UMD, una unión militar democrática creada por casi un centenar de oficiales del Ejército que miraban de reojo la Revolución de los Claveles portuguesa, aunque en España los úmedos –así los llamaban– fueron muy reprimidos y no llegaron a cuajar. Había también un grupito de partidos minoritarios moderados, con mucha variedad ideológica, que iban desde lo liberal a la democracia cristiana, liderados por fulanos de cierto prestigio: en su mayor parte gente del régimen, consciente de que el negocio se acababa y era necesario situarse ante lo que venía. Incluso la Iglesia católica, siempre atenta al curso práctico de la vida, ponía una vela al pasado y otra al futuro a través de obispos progres que le cantaban incómodas verdades al Régimen. Y todos ellos, o sea, ese conjunto variado que iba desde asesinos sin escrúpulos hasta tímidos aperturistas, desde oportunistas reciclados hasta auténticos luchadores por la libertad, constituía ya, a principios de los años 70, un formidable frente que no estaba coordinado entre sí, pero dejaba claro que el franquismo se iba al carajo; mientras el franquismo, en vez de asumir lo evidente, se enrocaba en más represión y violencia. Para el Búnker, cada paso liberalizador era una traición a la patria. Los universitarios corrían ante los grises, se ejecutaban sentencias de muerte, y grupos terroristas de extrema derecha –Guerrilleros de Cristo Rey y otros animales–, actuando impunes bajo el paraguas del ejército y la policía, se encargaban de una violenta represión paramilitar con palizas y asesinatos. Pero Franco, ya abuelo total, estaba para echarlo a los tigres, y la presión de los ultras reclamaba una mano dura que conservara su estilo. De manera que en 1973, conservando para sí la jefatura del Estado, el decrépito Caudillo puso el gobierno en manos de su hombre de confianza, el almirante Carrero Blanco, niño bonito de las fuerzas ultras. Pero a Carrero, ETA le puso una bomba. Pumba. Angelitos al cielo. Y el franquismo se encontró agonizante, descompuesto y sin novio. 

[Continuará]

9 de julio de 2017