domingo, 18 de junio de 2017

Perros de la Recoleta

Desde hace casi treinta años, la Recoleta es mi barrio cuando viajo a Buenos Aires. Y cada día, haga lo que haga, camino cinco minutos desde mi hotel hasta el lugar donde, invariablemente, desayuno tres medias lunas con un vaso de leche tibia mientras hojeo los diarios o un libro junto a las sombras gratas de Borges y Bioy Casares. Ese lugar es el café La Biela, en su esquina formidable desde la que, a través de los ventanales, puedo contemplar el espectáculo diario de lo que más me alegra el corazón cuando estoy en esta ciudad: los perros de las casas vecinas a los que sus cuidadores sacan a pasear en grupos, atraillados y pacíficos, y sueltan un rato para que jueguen en el césped que hay ante los grandes magnolios. Esos perros de la Recoleta son perros felices, chuchos bien, que tuvieron la fortuna de caer en casas donde se les cuida e incluso mima, a diferencia de los otros infelices que vagan por los barrios más humildes de la ciudad, o son abandonados en cualquier sitio cuando dejan de ser graciosos cachorros. Al menos éstos que veo pasar ante La Biela están a salvo, dentro de lo que cabe. Y eso alivia un poco mi tristeza cuando pienso en sus camaradas con menos suerte en el mismo Buenos Aires, en España, en tantos lugares del mundo donde la infamia del ser humano desprecia, o maltrata, su lealtad y su nobleza. 

En el último viaje, sin embargo, esos ratos felices de la Recoleta se han visto empañados por una pérdida. Si es cierto que sigo desayunando en La Biela, ya no puedo ocupar mi mesa habitual en la Munich, que durante tres décadas fue el lugar al que estuve yendo a comer o cenar, solo o con mis amigos. El restaurante Munich –para los asiduos, la Munich– había nacido en 1930 en forma de lechería, que doce años después se transformó en restaurante de estilo alemán. Lo descubrí en 1982, cuando fui a cubrir la guerra de las Malvinas, y desde entonces casi no hubo día en Buenos Aires que no pasara por allí. Ahora, sin embargo, ya no existe. Lo vendieron sus dueños y, según me cuentan, proyectan construir allí un edificio de doce plantas, clavando un clavo más, uno de muchos, en el ataúd de uno de los barrios más personales y elegantes de la ciudad. 

Murió la Munich, como digo. Cerró hace unos meses tras una triste agonía a la que tuve el desconsuelo de asistir. Sus dueños, pendientes de la venta que ya negociaban, la dejaban fenecer como en el tango, y así la vi en mis últimas visitas: sola, fané y descangallada. Durante el último año se había desplomado la calidad de la comida, todo era un enorme descuido, y sólo me ataba al lugar la profesionalidad perfecta de los viejos camareros de chaqueta blanca; que, aunque se les debían varios sueldos, hacían cuanto estaba en sus manos por ser fieles a lo que habían sido. Los clientes de toda la vida, familias en domingo, señores bien vestidos, señoras a las que podía uno llamar señoras sin que le diera la risa floja, seguían acudiendo al restaurante de ambiente tirolés de cabezas de ciervo, manteles blancos y manteca en platitos de aluminio. Pero ya ni el bife era el bife, ni los riñones o criadillas merecían la pena, la omelette de alcauciles estaba para devolverla a la cocina, y las espinacas a la crema brillaban por su ausencia. José Manuel, el viejo, seco y perfecto maître asturiano, jubilado justo cuando empezaba el declive, ya me lo había anunciado: «Vienen otros tiempos, don Arturo. Por suerte yo no voy a estar aquí para verlos». Al despedirnos, me regaló una taza de café con el nombre de la Munich. «A saber dónde acabarán las otras», dijo. 

Ahora he vuelto a la ciudad, y al Alvear, y a La Biela, y a caminar unas cuadras hasta la librería Cúspide y las otras –cada vez menos– que aún no desaparecieron del barrio. Y al pasar ante la Munich, cerrada, me he detenido un momento, a recordar. La vieja placa de bronce sigue atornillada junto a la puerta, y por un momento lamenté no tener veinte años menos para venir de noche con un destornillador y jugármela robando esa placa que a nadie importa ya. Lo malo de vivir demasiado, o casi, es que asistes al final de muchas personas y de muchas cosas a las que da pereza sobrevivir. Tu mundo se desvanece y el paisaje se despuebla. Eso es lo que pienso, parado ante la placa que soy demasiado viejo para robar. Miro a mi alrededor, desolado, y entonces tengo la suerte de ver que un grupo de perros atraillados pasa por la vereda, moviendo el rabo. Y me consuelo pensando que al menos, en esta ciudad que tanto amo, todavía hay perros felices, hay libros en las librerías, el Puentecito permanece abierto en Barracas y Gardel sigue cantando en Buenos Aires. 

18 de junio de 2017

domingo, 11 de junio de 2017

Una historia de España (LXXXVI)

Hubo entre 1957 y 1958, a medio franquismo en todo lo suyo, una guerra que el gobierno procuró –y consiguió– ocultar cuanto pudo a los españoles, al menos en sus más trágicas y sangrientas consecuencias. Se trató de una guerra de verdad, africana y colonial, en la tradición de las grandes tragedias que periódicamente habían ensangrentado nuestra historia, y en la que pagar la factura, como de costumbre, corrió a cargo de nuestros infelices reclutas, eterna carne de cañón víctima de la imprevisión y la chapuza. La cosa provino de la independencia de Marruecos en 1956, tras la que el rey Mohamed V –abuelo del actual monarca– reclamó la posesión de los territorios situados al suroeste del nuevo país, Ifni y Sáhara Occidental, que llevaban un siglo bajo soberanía española. La guerra, llevada al estilo clásico de las tradicionales sublevaciones nativas, pero esta vez con intervención directa de las bien armadas y flamantes tropas marroquíes (nuestro armamento serio era todo norteamericano, y los EEUU prohibieron a España usarlo en este conflicto), arrancó con una sublevación general, el corte de comunicaciones con las pequeñas guarniciones militares españolas y el asedio de la ciudad de Ifni. La ciudad, defendida por cuatro banderas de la Legión, resistió como una roca; pero la verdadera tragedia tuvo lugar más hacia el interior, donde, en un terreno irregular y difícil, los pequeños puestos dispersos de soldados españoles fueron abandonados o se perdieron con sus defensores. Y algunos puntos principales, como Tiliuin, Telata, Tagragra o Tenin, donde había tanto militares como población civil, quedaron rodeados y a punto de caer en manos de los marroquíes. Y si al fin no cayeron fue porque los tiradores y policías indígenas que permanecieron leales, los soldaditos y sus oficiales –las cosas como son– se defendieron igual que gatos panza arriba. Peleando como fieras. Entre otras cosas, porque caer vivos en manos del enemigo y que les rebanaran el pescuezo, entre otros rebanamientos, no les apetecía mucho. Así que, como de costumbre entre españoles acorralados, qué remedio (la desesperación siempre saca lo mejor de nosotros, detalle histórico curioso), los cercados vendieron caro su pellejo. Tagragra y Tenin fueron al fin socorridas tras penosas y sangrientas marchas a pie, pues apenas había vehículos ni medios, ni apenas apoyo aéreo. Sólo voluntad y huevos. Sobre Tiliuin, echándole una cantidad enorme de eso mismo al asunto, saltaron 75 paracaidistas de la II Bandera, que también quedaron cercados dentro pero permitieron aguantar, dando tiempo a que una columna legionaria rompiera el cerco y los evacuara a todos, incluidos los tiradores indígenas, que se habían mantenido leales, y sus familias. El socorro a Telata, sin embargo, derivó en tragedia cuando la sección paracaidista del teniente Ortiz de Zárate, avanzando lentamente entre emboscadas y por un terreno infame, se desangró hasta que una compañía de Tiradores de Ifni los socorrió, entró en Telata y permitió evacuar a todo el mundo hacia zona segura. Pero el mayor desastre ocurrió más hacia el Sur, en el Sáhara Occidental, también sublevado, cuando en un lugar llamado Edchera (estuve hace años, y les juro que hay sitios más confortables para que lo escabechen a uno), dos compañías de la Legión fueron emboscadas, librándose un combate de extrema ferocidad –42 españoles muertos y 57 heridos– en el que los legionarios se batieron con la dureza de siempre, con grandes pérdidas suyas y del enemigo; siendo buena prueba de lo que fue aquel trágico desparrame el hecho de que dos legionarios, Fadrique y Maderal, recibieran a título póstumo la Laureada de San Fernando (la más alta condecoración militar española para los que se distinguen en combate, que nadie más ha recibido desde entonces). Pero, en fin. También como de costumbre en nuestra larga y desagradable historia bélica, todo aquel sufrimiento, aquel heroísmo y aquella sangre vertida no sirvieron para gran cosa. Por un lado, buena parte de España se enteró a medias, o de casi nada, pues el férreo control de la prensa por parte del gobierno convirtió aquella tragedia en un goteo de pequeños incidentes de policía a los que de continuo se restaba importancia. Por otra parte, en abril de 1958 se entregó a Marruecos Cabo Juby, en 1969 se entregó Ifni, y el Sáhara Occidental aún se mantuvo seis años a trancas y barrancas, hasta 1975, con la Marcha Verde y la espantada española del territorio. Excepto Ceuta, Melilla y los peñones de la costa marroquí –situados en otro orden jurídico internacional–, para España en África se ponía el sol. Y la verdad es que ya era hora. 

[Continuará]

11 de junio de 2017 

domingo, 4 de junio de 2017

Claro que nos representan

Me cae bien Ana Pastor, la presidenta del Parlamento español. Sólo he conversado con ella dos veces, pero creo que es eficaz y honorable, y por eso me enternecen los disgustos que se lleva. Los esfuerzos que hace para controlar, o limitar al menos, la zafiedad y la grosería de algunos políticos que han tomado el palacio de las Cortes por un patio de facultad, una taberna de borrachos o una porqueriza donde criar cerdos. 

No debe de ser fácil lidiar, por ejemplo, con la soez condición populista del diputado Cañamero, que suele confundir la carrera de San Jerónimo con una feria de animales y gañanes, o con la asombrosa estolidez intelectual del diputado Rufián, cuyo oportunismo y desvergüenza crean verdaderas obras maestras para YouTube. Aunque es justo reconocer que no se trata de elementos aislados, sino que forman parte de un conjunto o una tendencia. De unas maneras nuevas, pintorescas, dispuestas, como hacen los chuchos, a mear territorio. A hacerse también su hueco y su clientela. A darle un aspecto nuevo al viejo negocio de medrar y trincar. Pensaba en eso el otro día, viendo imágenes de un pleno municipal, no sé en qué ciudad española. Y allí estaba la cámara, en la sala noble, mostrando a un sujeto en pleno discurso, vestido con una camiseta y un pantalón corto, largando con una grosería verbal y un desparpajo escalofriantes. Fue eso lo que me hizo pensar en Ana Pastor y sus problemas de protocolo. Y los que vendrán, me dije. Al final acabarán subiendo a la tribuna del Parlamento en pantalón corto y chanclas. Y de algo estoy seguro: nadie se atreverá a prohibirlo. Ni siquiera a reprochárselo. Porque es lo que tenemos y vamos a tener: la ausencia de educación, la falta de respeto a las instituciones, sin considerar que por imperfectas que sean, por mucho golfo con balcones a la calle que anide en los escaños, degradarlas es una ofensa a los ciudadanos que sí creen en tales instituciones. Incluso a quienes votaron a esos nuevos representantes para que hagan oír su voz en ellas. 

Y no se me cuelguen de lo fácil. Hay gente en camiseta perfectamente honrada, y corbatas llevadas por desvergonzados ladrones de traje a medida, gentuza atildada que ha robado sin escrúpulos. Naturalmente. Pero hoy hablo menos de honradez, aunque también, que de educación y maneras. Y de nuestra responsabilidad en todo eso, pues todos nosotros, por acción u omisión, somos causa de que unos y otros estén allí. Hay quien vota a Rufián y a Cañamero, hay quien vota a los que saquearon Cataluña envueltos en la señera, hay quien vota al partido del chófer, la cocaína y las putas, o al de ese don Tancredo que decía «sé fuerte, Luis» al sinvergüenza de su amigo Bárcenas. Y hay quien no vota a nadie; pero no por resultado de un proceso intelectual que lo lleve al escepticismo, sino por apatía, desidia, indiferencia. Porque prefiere quedarse en casa viendo el fútbol. 

No es verdad que no nos representen. Nos representan todos ellos, los unos y los otros. Los decentes, y también los corruptos y los guarros de ambos sexos. Da igual que digan usted y su señoría o que eructen su zafiedad y baja estofa: todos representan a la España que los ha votado. Aunque esa España sea un lugar grotesco y a ratos bajuno, es una democracia. Alguna vez escribí que de poco aprovechan las urnas si quien vota es un analfabeto sin criterio, presa fácil de populistas y sinvergüenzas. Pero también es cierto que a ese analfabeto llevamos varias generaciones fabricándolo con sumo esmero y entusiasmo suicida. Somos lo que nosotros mismos hemos hecho de nosotros. La marca España. 

Por eso no conviene olvidar que a esos parlamentarios y políticos los hemos llevado hasta allí ustedes y yo. Entre los españoles hay ciudadanos dignos y honorables, pero también gentuza. Y la gentuza tiene, naturalmente, derecho a votar a los suyos. Eso prueba que somos una democracia representativa, porque es imposible representarnos mejor. Nuestros diputados son el trasunto de millones de ciudadanos que los eligieron. Podemos protestar al verlos manifestar nuestras más turbias esencias, podemos asistir boquiabiertos al repugnante espectáculo que dan, podemos, incluso, ciscarnos en sus muertos más frescos. Pero no debemos mostrarnos sorprendidos. Esto es España, vivero secular de pícaros y criminales, donde ser lúcido, valiente u honrado aparejó siempre mucha desgracia y gran desesperanza. Un Parlamento sin gentuza, lleve corbata o lleve chanclas para rascarse a gusto las pelotillas de los pies, no sería representativo de lo que también somos. Así que ya saben. A disfrutarnos. 

4 de junio de 2017 

domingo, 28 de mayo de 2017

La soldado que se parecía a Jodie Foster

La conocí en Dahran, Arabia Saudí, a principios de 1991. Durante la primera guerra del Golfo. Estábamos los reporteros allí enviados esperando el comienzo de la ofensiva terrestre contra las tropas iraquíes atrincheradas en Kuwait, y hasta ese momento los combates se desarrollaban sólo en el aire. A cada momento los aviones atronaban el cielo, despegando cargados de bombas rumbo al norte. Llevábamos semanas esperando la fase terrestre de todo aquello, y los días en Dahran, convertida en base militar norteamericana, transcurrían monótonos hasta la desesperación: conferencias de prensa para contar después lo que nos contaban sobre la guerra, transmisión de crónicas para el telediario, paseos por Al Shula –los grandes almacenes de la ciudad–, cena en algún restaurante abierto, lectura y aburrimiento en el bungalow que el equipo de TVE tenía alquilado en el hotel Meridien, cuartel general de los enviados especiales de todo el mundo. Pocas mujeres –periodistas o militares, en su mayor parte– y nada de alcohol. 

Ella era mujer. Teniente de marines norteamericana, por más señas. Veinticinco años después he olvidado su nombre –acabo de telefonear a mi cámara Márquez, que vive jubilado en Valencia, pero él tampoco se acuerda–, aunque recuerdo muy bien su estatura y complexión mediana, su uniforme de camuflaje, su pelo castaño recogido en una corta coleta y su extraordinario parecido con la actriz Jodie Foster. Quizá por eso no me acuerdo del nombre, o no lo supe nunca, pues la llamábamos así, Jodie. También recuerdo unos ojos muy claros y muy fríos, de un azul desvaído. O tal vez eran verdes. 

La recuerdo ante un mapa y unas fotos enormes, explicándonos un ataque con misiles y sus efectos. Hablaba un inglés seco y nasal, y también un poco de español. Nos contaba cómo los misiles habían salido de tal lugar e impactado en tal otro, y con un puntero láser nos señalaba los objetivos antes del bombardeo –construcciones geométricas en el desierto– y después –cráteres devastados–. También recuerdo que, mostrándonos una película aérea sobre el impacto de una bomba inteligente en un puente de Bagdad, comentó: «Conozcan al hombre más afortunado ayer de todo Iraq», y acto seguido vimos cómo un automóvil pasaba a toda velocidad por un puente sobre el Tigris, tres segundos antes de que una bomba lo hiciera cisco a su espalda. Llamaban la atención, cuando hablaba, tanto su voz metálica y seca, desapasionada, como la frialdad de sus ojos claros, que nos miraban como su poseedora parecía mirar el mundo. Como sujetos potenciales, elementos estadísticos, de las bombas cuyos efectos nos contaba. 

Por aquellos días supimos de un incidente que había protagonizado en la ciudad. Estaba sentada en un vehículo Humvee junto a un sargento de marines, también mujer, fumando y con un brazo remangado apoyado en la ventanilla, y una pareja de la Mutawa, la policía religiosa saudí, pasó por su lado y le golpeó el brazo con una vara. Entonces, ella y la sargento se bajaron del coche, muy tranquilas, y les dieron a los mutawas una paliza que envió a uno al hospital con varias costillas rotas –el incidente, por cierto, hizo que se retirase esa policía de las calles mientras duró la guerra–. Un par de noches después, cenando en un restaurante chino de Dahran con las máscaras antigás colgadas del respaldo de las sillas, como de costumbre, vimos a Jodie entrar con otras dos mujeres y dos hombres, vestidos todos de paisano, y ocupar una mesa cercana. Me levanté a preguntar si el incidente de la Mutawa era cierto, me miró sin afirmar ni negar nada, cambiamos unas palabras de cortesía, y al regreso con Márquez y los otros le mandamos a su mesa una jarra de champaña saudí, que era una combinación de jugos de fruta sin alcohol, y una lata de caviar. Lo agradeció con otra mirada fría de las suyas. 

La vimos por última vez en el aeropuerto de Dahran, a nuestro regreso de Kuwait, acabada la guerra. Coincidimos en la sala de espera de primera clase del aeropuerto, esperando vuelos distintos. Jodie vestía de uniforme y tenía una mochila militar mimetizada a los pies. Yo iba a saludarla, pero de pronto me di cuenta de que tenía los ojos enrojecidos y llorosos; así que, desconcertado, me quedé en donde estaba. Al cabo de un momento ella alzó la vista y me sostuvo la mirada con sus ojos húmedos, que seguían siendo muy claros, verdes o azules. Me miró así, fija y fría, como si las lágrimas fueran de escarcha. Peligrosa como una astilla de hielo, pensé. Peligrosa como una mujer. 

28 de mayo de 2017 

domingo, 21 de mayo de 2017

Echando más pan a los patos

A veces algún amigo me pregunta por qué me mantengo activo en Twitter, con el tiempo, dicen, que eso quita de leer. Y mi respuesta siempre es la misma: como experimento, las redes sociales son fascinantes, siempre y cuando vayas a ellas con cuidado y con la debida formación. Tienen la pega de que no jerarquizan el caudal, y allí hace el mismo ruido una opinión de un filósofo, un científico o un historiador que el eructo de un indocumentado imberbe al que jalean populistas y analfabetos; pero para eso, como digo, está el currículum de cada cual. Para diferenciar el oro de la basura. El problema es que los sistemas educativos actuales, con su obsesión por aplastar la inteligencia crítica y fabricar borregos en masa, van a limitar mucho ese sano ejercicio en el futuro. Pero bueno. Ni yo voy a estar aquí para verlo –o al menos no demasiado tiempo– ni ése es el motivo de que hoy teclee estas líneas. 

Twitter, en particular –Facebook es algo más sofisticado, con filtros más serios–, tiene para un sujeto como el arriba firmante una utilidad práctica. Me mantiene en contacto con la irrealidad del mundo real. Para ser más claro, con usos, costumbres y formas de ver la vida que, de permanecer aislado en mi biblioteca, el mar y la escritura de novelas, me serían cada vez más ajenos. Y lo de irrealidad del mundo real no es una errata. Lo más fascinante de las redes sociales no es su reflejo de la realidad, sino la faceta dislocada, absurda a menudo, que de ella muestran. Hay allí opiniones, puntos de vista, material absolutamente documentado y respetable, por supuesto. Pero lo más instructivo ocurre cuando lo que revelan es lo contrario. Cuando las redes se convierten en retrato disparatado, caricatura grotesca del ser humano construyendo o pretendiendo hacerlo, con la osadía de su ignorancia, la arrogancia de su vanidad o lo turbio de su infamia, un mundo virtual que nada tiene que ver con el real. Un conjunto de usos y códigos artificiales que, además, pretende imponerse, inquisitorial, sobre el sentido común y la inteligencia. 

No entraré en ejemplos, pues los tenemos a la vista. Basta asomarse a Internet y ver cómo allí se deforman y manipulan, sin el menor pudor ni consideración, toda clase de ideas y conceptos, incluso los más nobles. Y así, asuntos serios y urgentes como los derechos de los animales, la convivencia social, el feminismo, el respeto a la mujer, la lucha contra el racismo, la política, se ven constantemente envilecidos por aquellos que, paradójicamente, a veces con más voluntad y fanatismo que preparación real o dotes intelectuales, los desacreditan al proclamarse, sin otro título que la propia voluntad o capricho, sus defensores a ultranza. 

La razón es simple y triste: las nuevas tecnologías, que deberían hacernos más preparados y más libres, también contribuyen a hacernos más estúpidos. No es ajeno a eso el hecho de que las redes sociales estén en manos de multinacionales que buscan clicados rápidos y tráfico intenso a toda costa. Hasta no hace mucho, alcanzar voz pública requería pasar una serie de filtros naturales basados en formación, educación y, por supuesto, talento personal o capacidad expresiva. O valías, o tenías algo que decir y sabías decirlo, o nadie te prestaba atención. La voz que llegaba a hacerse oír estaba, a menudo, respaldada por la autoridad que esos filtros naturales le conferían. Ahora, ese importante territorio se ha democratizado y cualquiera puede acceder a él. Afortunadamente, hay más voces para elegir. Más lugares para opinar. Pero eso, que tiene innumerables ventajas cuando esas voces tienen un peso específico valioso, se vuelve desventaja cuando el opinador es una mula de varas, un demagogo perverso o un imbécil que grita fuerte. 

Es muy interesante asomarse a las redes, como digo. Arrojar piedras al estanque y ver cómo se expanden las ondas. Observar, incluso, los efectos que estos mismos artículos, que escribo hace 25 años, tienen ahora cuando rebotan, se reinterpretan y manosean. O provocar reacciones. Echar pan a los patos, como dije alguna vez, y observar cómo actúan. Ser uno mismo pato de infantería, nadando entre todos, mientras observo a quienes mantienen serenos la cordura y flotan inteligentes entre el cuac-cuac, y a los que, enloquecidos, se abalanzan sobre las migas proclamando su hambre, su ignorancia, su mediocridad y en ocasiones su puerca vileza. De esa forma, a mi edad y con mi biografía, sigo aprendiendo cosas sobre el mundo en el que vivo o me expongo a vivir, y miro todavía al ser humano aprendiendo de él cada día. Con la lucidez suficiente para no amarlo y con el afecto necesario para no despreciarlo. Y también con eso escribo novelas. 

21 de mayo de 2017 

domingo, 14 de mayo de 2017

Una historia de España (LXXXV)

Ya hemos dicho alguna vez que Franco era un fulano con suerte, y su favorable estrella siguió dándole buenos ratos para echar pan a los patos. Había de fondo un vago aroma de restauración monárquica, reservada para algún día en el futuro, pero sin prisa y descartando a don Juan de Borbón, hijo del derrocado Alfonso XIII, a quien Franco no quería ver ni en pintura. España es una monarquía, vale, decía el fulano. Pero ya diré yo, Caudillo alias Generalísimo, cuándo estará preparada para volver a serlo de manera oficial. Así que, de momento, vamos a ir educando a su hijo Juanito para cuando crezca. Mientras tanto podéis sentaros, que va para largo. Lo de la suerte se puso de manifiesto hacia 1950, once años después de la victoria franquista, cuando la Guerra Fría puso a punto de caramelo la confrontación Occidente-Unión Soviética. Tras los duros tiempos de la primera etapa, en los que el régimen se vio sometido a un férreo aislamiento internacional, Estados Unidos y sus aliados empezaron a ver a España como un aliado anticomunista de extraordinario valor estratégico. Así que menudearon los mimos, las visitas oficiales, la ayuda económica, las bases militares, el turismo y las películas rodadas aquí. Y Franco, que era listo como la madre que lo parió, vio el agujero por donde colarse. Los restaurantes de Madrid, Barcelona y Sevilla se llenaron de actores de Hollywood, y Ava Gardner se lió con el torero Luis Miguel Dominguín –el padre de Miguel Bosé–, convirtiéndolo en el hombre más envidiado por la población masculina de España. Para rematar la faena, la foto de Franco con Eisenhower, el general vencedor del ejército nazi y ahora presidente estadounidense, paseando en coche por la Gran Vía, marcó un antes y un después. España dejó de ser un apestado internacional, ingresó en las Naciones Unidas y pelillos a la mar. Nada de eso cambiaba las líneas generales del régimen, por supuesto. Pero ya no se fusilaba, o se fusilaba menos. O se daba garrote. Pero sólo a los que el régimen calificaba de malos malísimos. El resto iba tirando, a base de sumisión y prudencia. Hubo indulto parcial, salió mucha gente de las cárceles y se permitió la vuelta de los exiliados que no tenían ruina pendiente; entre ellos, intelectuales de campanillas como Marañón y Ortega y Gasset, que habían tomado, por si acaso, las de Villadiego. Fue lo que se llamó la apertura, que resultó más bien tímida pero contribuyó a normalizar las cosas dentro de lo que cabe. España seguía siendo un país sobre todo agrario, así que se empezó a industrializar el paisaje, con poco éxito al principio. Hubo una emigración masiva, tristísima, del medio rural a las ciudades industriales y al extranjero. Los toquecitos liberales no eran suficientes, y el turismo, tampoco. Aquello no pitaba. Así que Franco, que era muchas cosas pero no gilipollas, fue desplazando de las carteras ministeriales a los viejos dinosaurios falangistas y espadones de la Guerra Civil –apoyado en esto por su mano derecha, el almirante Carrero Blanco– y confiándolas a una generación más joven formada en Economía y Derecho. Ésos fueron los llamados tecnócratas (varios de ellos eran del Opus Dei, pues la Iglesia siempre puso los huevos en variados cestos), y ellos dieron el pistoletazo de salida que hizo posible, con errores y corruptelas intrínsecas, pero posible al fin y al cabo, el desarrollo evidente en el que España entró al fin en los años 60, con las clases medias urbanas y los obreros industriales convertidos en grupos sociales mayoritarios. Ya se empezaba a respirar. Sin embargo, ese desarrollo, indiscutible en lo económico, no fue parejo en lo cultural ni en lo político. Por una parte, la férrea censura aplastaba la inteligencia y encumbraba, salvo pocas y notables excepciones, a mediocres paniaguados del régimen. Por la otra, la derrota republicana y la huida de los más destacados intelectuales, científicos, escritores y artistas, algunos de los cuales no regresarían nunca, enriqueció a los países de acogida –México, Argentina, Francia, Puerto Rico–, pero empobreció a España, causando un daño irreparable del que todavía hoy sufrimos las consecuencias. En cuanto a la política, los movimientos sociales, la emigración y el crecimiento industrial empezaron a despertar de nuevo la contestación adormecida, volviendo a manifestarse, tímidamente al principio, la conflictividad social. La radio y el fútbol ya no bastaban para tener a la gente entretenida y tranquila. Empezó la rebeldía estudiantil en las universidades, y se produjeron las primeras huelgas industriales desde el final de la Guerra Civil. La respuesta del régimen fue enrocarse en más policía y más represión. Pero estaba claro que los tiempos cambiaban. Y que Franco no iba a ser eterno. 

[Continuará]

14 de mayo de 2017 

domingo, 7 de mayo de 2017

Cristina Hendricks y nosotros

No se atreven. Mucha chulería de boquilla, pero no se mojan. El plan era que cada cual contaría su versión de los hechos para luego compararlas entre sí. Será divertido, decíamos. Pero me han salido unos mantequitas blandas. Barruntan que los llamarán machistas, chulitos de barra o algo así. Son jóvenes, y aún están en esa edad en la que uno se cuida con las redes sociales. El caso es que no cumplen. Así que, tras esperar un tiempo dándoles la oportunidad de teclear lo ocurrido, me tiro al ruedo y lo cuento yo. Lo de aquella noche, en Casa Lucio, con Cristina Hendricks. La pelirroja de Mad Men, ya saben. La de las tetas grandes. Además de anatómica, ésta es una definición sexista, claro. Pero cuando uno escribe debe buscar, ante todo, la brevedad y la eficacia. Y reconozcan que la definición es breve y eficaz a tope: pelirroja de tetas grandes. Ahora todos –y todas– saben a quién me refiero. 

Estábamos cenando, los compadres habituales: Antonio Lucas, Manuel Jabois, Edu Galán y David Gistau. En realidad Gistau no estaba esa noche, pero da lo mismo. A efectos de la narración, estaba. Me lo invento y no pasa nada. También se sentaba a la mesa –esto no me lo invento– mi carnal el novelista mexicano Élmer Mendoza. Nos acompañaba su mujer, Leonor; pero como ella no me viene bien al relato, diré que esa noche no estaba. Éramos seis tíos, por tanto, cenando cocochas a la plancha y solomillos poco hechos, con tinto Luis Cañas reserva. Hablando de lo habitual: libros, periodismo, política, mujeres, el musical de Mongolia, el último poema de Luki, la potencia sexual de Jabo, los cuatro niños de Gistau –que no estaba–, que pasan todo el puto día, papi, papi, papi, pidiendo de comer. En fin. Cosas de ésas. Entonces suena mi teléfono y un amigo me dice. «Cristina Hendricks va a cenar a Lucio». Se lo digo a la peña, y mientras lo hago, se acerca Teo, el maître. «Cristina Hendricks acaba de sentarse en la mesa de Severo Ochoa», susurra. Miramos todos, como un solo hombre y una sola mujer. Y la vemos. 

En carne mortal pierde mucho. Suele ocurrir. Pero sigue siendo guapa y bien dotada. La acompaña un pavo enchaquetado que Teo define como el legítimo esposo. Estudiamos al pavo con ojo crítico. «No tiene ni media hostia», apunta Edu Galán, ecuánime. Todos nos mostramos de acuerdo. «Habría que decirle algo a ella», sugiere Gistau, que sigue sin estar allí. «Esa gringa no puede escaparse viva», opina Élmer. Todos se muestran de acuerdo y me miran, tanto porque soy el mayor –aún respetamos esas cosas entre nosotros– como porque esta noche me toca a mí pagar la cuenta. Así que, asumiendo mi responsabilidad, me vuelvo a Jabois. «Tú eres el guapo y el cachas de esta mesa», digo, autoritario. «Nuestro semental de concurso», puntualiza Edu, y acto seguido nos enfrascamos en un breve repaso biográfico-sexual de Jabo, políticas y periodistas incluidas, hasta que retomo el hilo. «Te toca hacerte una foto con ella, camarada. Ya estás tardando». Nos mira Jabois, indeciso, y asentimos todos. «Vuelve con tu escudo o sobre él», sugiere Lucas, épico. Casi homérico. Con su bondad habitual, Jabo asiente, respira hondo, se pone en pie, va con su mejor sonrisa hasta la mesa de la Hendricks, le pide hacerse una foto, y ella pasa de él. Por su parte, el marido pone mala cara y dice que de fotos, nada. Regresa humillado Jabois. «Me han mandado a tomar por culo», dice con su tierno acento gallego. Y se sienta. Nos agitamos, indignados. «El marido no tiene media hostia», insiste Edu Galán. «Menudo gilipollas», dice Luki. «Deberíamos romperle el morro», digo yo. «En Sinaloa le daríamos plomo», remata Élmer. Pedimos las copas, y Edu encarga un Fra Angélico. «Bebida de puticlub», comento. Edu me llama clasista e hijoputa. Salimos al rato. En la puerta, la Hendricks se hace fotos con los camareros, con el guardacoches, con el que vende lotería, con todos los que pasan por allí. Jabois se deprime un huevo. Nos agrupamos, consolándolo. «El marido no tiene media hostia», insiste Edu. Nos quedamos mirando a la pelirroja y al legítimo con ganas de darle a éste las del pulpo. Haciendo cálculos entre las ganas que le tenemos y los titulares de prensa del día siguiente: «Reverte y otros cinco desaprensivos inflan al marido de la Hendricks en Casa Lucio». O sea, que no. Al final decidimos irnos con las orejas gachas, mientras Edu, que va hasta las patas de Fra Angélico, insiste: «El marido no tenía media hostia». Asentimos todos, cabizbajos y resignados, mientras nos alejamos en la noche. Asiente incluso Gistau, que no estaba. 

7 de mayo de 2017 

domingo, 30 de abril de 2017

Una historia de España (LXXXIV)

Nacionalcatolicismo, es la palabra. Lo que define el ambiente. La piedra angular de Pedro fue el otro pilar, Ejército y Falange aparte, sobre el que Franco edificó el negocio. La Iglesia Católica había pagado un precio muy alto durante la República y la guerra civil, con iglesias incendiadas y centenares de sacerdotes y religiosos asesinados sin otro motivo que serlo; y su apoyo (excepto del de algunos curas vascos o catalanes, que fueron reprimidos, encarcelados y hasta fusilados discretamente, en algunos casos) había sido decisivo en lo que el bando nacional llamó cruzada antimarxista. Así que era momento de compensar las cosas, confiando a la única y verdadera religión la labor de pastorear a las descarriadas ovejas. Se abolieron el divorcio y el matrimonio civil, se penalizó duramente el aborto y se ordenó la estricta separación de sexos en las escuelas. Sociedad, moral, costumbres, espectáculos, educación escolar, todo fue puesto bajo el ojo vigilante del clero, que en los primeros tiempos –esas fotos da vergüenza verlas– incluía a los obispos saludando al Caudillo, brazo en alto, a la puerta de las iglesias. Hubo, justo es reconocerlo, prelados y sacerdotes que no tragaron del todo; pero la tendencia general fue de sumisión y aplauso al régimen a cambio de control escolar y social, privilegios ciudadanos, apoyo a los seminarios –el hambre y el ambiente suscitaron numerosas vocaciones–, misiones evangelizadoras, sostén económico y exenciones tributarias. Que no era grano de anís, y en la práctica un sacerdote mandaba más que un general (como dice mi compadre Juan Eslava Galán, «ser cura era la hostia»). Además, las organizaciones católicas seglares, tipo Acción Católica, Hijos de María y cosas así, constituían un cauce conveniente para que se desarrollara, bajo el debido control eclesiástico y político, una cierta participación en asuntos públicos; o sea, una especie de válvula de escape para quienes no podían expresar sus inquietudes sociales mediante la actividad política o sindical tradicionales, abolidas desde el fin de la guerra. El resultado de todo ese rociamiento general con agua bendita fue que la Iglesia Católica se envalentonó hasta extremos inauditos: duras pastorales contra los bailes agarrados, que eran invento del demonio, contra los trajes de baño y contra todo aquello que pudiera albergar o despertar pecaminosas intenciones. La obsesión por la vestimenta se tornó enfermiza, la censura se volvió omnipresente, lo del cine para mayores con reparos ya fue de traca, y los textos eclesiásticos de la época, con sus recomendaciones y prohibiciones morales, conforman todavía hoy una grotesca literatura donde la estupidez, el fanatismo y la perversión de mentes enfermas de hipocresía y vileza llegó a extremos nunca vistos desde hacía siglos: «El baile atenta contra la Patria, que no puede ser grande y fuerte con una generación afeminada y corrompida», afirmaba, por ejemplo, el obispo de Ibiza; mientras el arzobispo de Sevilla remataba la faena calificando lo de agarrarse con música como «tortura de confesores y feria predilecta de Satanás». Naturalmente, la gran culpable de todo era la mujer, engendro del demonio, y a mantenerla en el camino de la castidad y la decencia, apartándola del tumulto de la vida para convertirla en ejemplar esposa y madre, se encaminaron los esfuerzos de la Iglesia y el régimen que la amparaba. Era necesario, según el Fuero del Trabajo, «liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica». Ella, la mujer, era el eje incontestable de la familia cristiana; así que, para devolverla al hogar del que nunca debía haber salido, se anularon las leyes de emancipación de la República, destruyendo todos los derechos civiles, políticos y laborales que la habían liberado de la sumisión al hombre. La independencia de la mujer, su derecho sobre el propio cuerpo, el aborto, la sexualidad en cualquiera de sus manifestaciones, se convirtieron en pecado. Y el pecado se convirtió en delito, literalmente, vía Código Penal. Había multas y encarcelamientos por «conductas morales inadecuadas»; y a eso hay que añadir, claro, la infame naturaleza de la condición humana, siempre dispuesta a señalar con el dedo, marginar y denunciar –esos piadosos vecinos de entonces, de ahora y de siempre– a las mujeres marcadas por el oprobio y el escándalo (las que, para entendernos, no se ponían el hiyab de entonces, metafóricamente hablando). Por no mencionar, claro, la sexualidad alternativa o diferente. Nunca, desde hacía dos o tres siglos, se había perseguido a los homosexuales como se hizo durante aquellos tiempos oscuros del primer franquismo, y aún duró un buen rato. Nunca la palabra maricón se había pronunciado con tanto desprecio y con tanta saña. 

[Continuará]

30 de abril de 2017 

domingo, 23 de abril de 2017

El día que nos invadieron los ingleses

Querida Daisy, my darling. Prometí contarte, al término de la campaña, cómo habían ido las cosas. Y aquí me tienes. Cumpliendo mi palabra. 

Al alba y con viento de Levante, como sabes, zarpó la flota británica para defender Gibraltar de esa España poblada por sucios meridionales –follaburros, según nuestro tabloide The Sun– que en las novelas marítimas de Dudley Pope siempre son cobardes y huelen a ajo. 

Fue emotivo, si eras inglés. Allí estabas tú, ondeando el Victoria’s Secret a modo de despedida. Daba gusto vernos: el portaaeronaves Dumbo hacia las nuevas Malvinas ibéricas, y la flota cargada de blindados y de gurkas, con toda Gran Bretaña despidiéndonos, tremolando banderas como en los buenos tiempos. Y mientras, en el Peñón, con el casco puesto y los dientes apretados, los llanitos miraban desde sus trincheras hacia el mar, esperando ver aparecer nuestro socorro. Resueltos a vender cara su independencia. Con dos cojones. 

Durante la navegación veíamos la tele para analizar los preparativos del enemigo. Respirar su ambiente bélico. Y la verdad que fue sorprendente. Ese diputado de Podemos argumentando su rechazo a tomar las armas porque la guerra es un acto fascista. Esa diputada del Pesoe afirmando que repeler una agresión británica era violencia de género, pues entre las tropas británicas había mujeres soldado. Ese diputado de Ciudadanos condicionando su apoyo a la defensa nacional a que dimitiera la ministra de Defensa. Un zumbado joven y con barba, de Ezquerra –sospecho que hasta las trancas de sherry– pronunciando un discurso confuso en el que me pareció entender algo así como Gibraltar me la sopla y nos veremos en el infierno. Y el presidente Rajoy asegurando que España debía defenderse pero lo mismo no debía, y mientras el Tribunal Supremo y el Tribunal de Estrasburgo decidían la cosa, pues quizá, o tal vez, o ya veremos. Y en el ayuntamiento de Madrid, una pancarta grande colgada: Welcome refugees and british troopers. Así todo el rato, querida. Te lo aseguro. Amazing, o sea. Pintoresco. 

Debo confesar que mis camaradas de armas y yo empezamos a mosquearnos cuando, al llegar a las aguas territoriales españolas, nos salió su flota al encuentro. En realidad lo que salió fue una fragata de segunda mano –según nuestro servicio de inteligencia, montada con piezas tomadas de otros barcos en desguace– que se mantuvo a distancia, sin disparar un cañonazo, ni nada. Pudimos interceptar sus comunicaciones con el mando. «Permiso para atacar», decía su comandante. «Observe e informe», le respondían. «Son un huevo de ingleses –insistía el marino–. Solicito permiso para atacar». «Observe e informe», le decían los otros. Y así todo el rato. Al fin, colmada su paciencia, el comandante transmitió a Madrid: «Me voy a cagar en vuestra puta madre». Y Madrid respondió: «Vuélvase al puerto, Manolo. Y no joda». Y eso fue todo. 

Y así llegamos a la zona de desembarco, que era una playa cercana a Gibraltar. Allá fuimos, arma en ristre, dispuestos a dar la vida por Gran Bretaña, y en vez de encontrarnos con el enemigo nos encontramos a dos guardias civiles mirando de lejos, tomándose una cerveza en un chiringuito de la playa, y a toda la colonia inglesa en España, o sea, unos setecientos mil fresadores de Manchester jubilados, amontonados allí para recibirnos, agitando banderas británicas y borrachos hasta las patas, ofreciéndonos vasos de sangría y taquitos de jamón y queso. Y, encima, resultó que todas las compañías lowcost británicas habían desviado sus vuelos a la zona para celebrar el evento, y las playas y los hoteles cercanos estaban petados de turistas y hooligans vomitando cerveza y bailando música discotequera, haciendo calvos y tirándose por los balcones a las piscinas, desnucándose en su mayor parte, los hijoputas. 

Así que, mi amor, lamento comunicarte que fuimos a la guerra pero no encontramos contra quién. La Legión, que es lo mejor que tienen, estaba en Málaga a las órdenes de un tal Antonio Banderas, sacando a no sé qué Cristo en procesión. Y el resto estaba apagando incendios forestales o en misiones humanitarias. Así que me acerqué a los guardias civiles del chiringuito, más que nada por cubrir el expediente bélico. Y cuando les dije: «Vengo a invadir», el más viejo, un cabo, me miró con guasa y replicó: «Pues tú mismo, compadre», y me ofreció un botellín fresquito. Y las cosas como son, my darling. Era una cerveza cojonuda. 

23 de abril de 2017 

domingo, 16 de abril de 2017

Intolerancia y otras idioteces

Hace tiempo que los libros de texto escolares en España se han convertido en interesante territorio donde espigar lo que nos espera. O lo que vamos teniendo ya. Un observador superficial deduciría que todo responde al plan maquiavélico de un profesor Moriarty que se proponga convertirnos, de aquí a una generación, en un país de imbéciles analfabetos; aunque, eso sí, rigurosa y políticamente correctos. Pero no creo que haya plan. Ojalá tuviéramos uno. Se trata, en realidad, de simple contagio colectivo e inexorable, propio de un país como el nuestro, donde cuando se celebre el Día del Orgullo Gilipollas no vamos a caber todos en la calle. 

El último hallazgo acabo de hacerlo en un texto escolar de 5º de Primaria. Tras la triple pregunta ¿Cuál era la religión en los reinos de los reyes católicos? ¿Qué les sucedió a los judíos y musulmanes en esta época? ¿Qué era el Tribunal de la Inquisición?, cuestión absolutamente lógica y que con buenos profesores se presta a útiles debates sobre momentos decisivos –para bien y para mal– en la historia de España, figura, bajo el epígrafe Educación Cívica, otra doble pregunta de carga envenenada:¿Crees que los Reyes Católicos eran tolerantes? ¿Qué opinas sobre que se obligue a las personas a practicar una religión?. La respuesta a esa simpleza no puede ser más que una: los Reyes Católicos no eran tolerantes ni por el forro, y es malo que se obligue a nadie a practicar una religión, como hicieron ellos y sus sucesores. Faltaría más. La misma forma de plantear la pregunta conduce, inevitablemente, a esa respuesta simple, que en realidad no lo es tanto. De ahí lo peligroso del asunto. Su carga envenenada. 

Vistos desde aquí, por supuesto, los Reyes Católicos no eran tolerantes en absoluto. Lo que eran es una mujer, Isabel de Castilla, y un hombre, Fernando de Aragón –reino que incluía el condado de Barcelona, entre otras cosas–, cuyo matrimonio unió a dos extraordinarios personajes de Estado que, con decisión política y visión de futuro, consiguieron la unidad de España al conquistar el reino musulmán de Granada. Los dos eran inteligentes y poderosos –los más poderosos de su tiempo en Europa–, pero desde luego no eran tolerantes. No podían serlo, como no lo fue ninguno de sus coetáneos, ni el papa de Roma, ni los reyes de Francia o Inglaterra, ni el sultán de Turquía, ni nadie con mando en plaza. La tolerancia, como la entendemos hoy, estaba reñida con el poder, con las nacionalidades que se empezaban a afirmar –la española fue de las primeras– y con la guerra y la violencia, instrumento habitual de relación entre comunidades, territorios, pueblos, estados y religiones. Con tolerancia no se habría construido España, como tampoco ninguno de los países hoy conocidos. Y en el siglo XV, la religión era fundamental a la hora de establecer todo eso. Sin unidad religiosa era imposible establecer unidades políticas; y esa cruda realidad aún daría pie a muchas guerras y atrocidades en los siglos siguientes: guerras de religión que ensangrentarían Europa y muchos otros lugares. 

Desde luego que la respuesta es no. Desde una mirada actual, tolerantes no fueron los Reyes Católicos, ni antes de ellos los cruzados, ni Saladino, ni los reinos hispanos, ni Almanzor, ni lo serían después Carlos V, Felipe II, Lutero, Calvino, Napoleón, Robespierre, Lenin, ni nadie que haya pretendido consolidar su poder y vencer a sus enemigos. Ni en Atapuerca lo eran. La Historia de la Humanidad, entre otras cosas, está hecha de intolerancias. Y atribuir ese rasgo a unos reyes decisivos para España sin situar el asunto en el contexto real de su tiempo, supone una irresponsabilidad. Significa echar, sobre nuestras siempre maltrechas espaldas históricas, falsas responsabilidades y complejos perniciosos y estúpidos. 

Nuestro pasado fue tan crudo, triste, fascinante y admirable como el de cualquier otro país. Transcurrió en un mundo en el que todos jugaban con las mismas reglas, o ausencia de ellas. Juzgar a sus actores con ojos del presente es una injusticia y un error, sobre todo en esta España que vive mucho de lo oído y poco de lo leído. Aplicar la mirada ética de hoy a los hechos de entonces no sirve sino para que los jóvenes renieguen de una historia que no es mejor ni peor que en otros países o naciones. Así que no mezclemos churras con merinas. Preguntemos a un joven estudiante si un neonazi, un maltratador de mujeres o un yihadista son tolerantes, y situemos a los Reyes Católicos en el contexto que les corresponde. El deber de un sistema educativo es conseguir que la historia, el pasado, la memoria, se estudien para comprenderlos. No para condenarlos desde la simpleza y la ignorancia. 

16 de abril de 2017 

domingo, 9 de abril de 2017

Vestidos para matar

Hoy vamos de frívolos. De moda. O quizá, después de todo, en el fondo no sea la cosa tan frívola como parece. Lo cierto es que no estoy nada puesto en tendencias indumentarias, así que lo de hoy cárguenmelo a título de simple observador. Cosas de un fulano de sesenta y cinco tacos de almanaque, que mira y que tiene en la memoria algunos libros y recuerdos de vida que conformaron su forma de mirar. Así que en estos tiempos de pieles tan finas y superficiales, donde basta opinar de cualquier cosa para que –a veces con una osadía fruto de la ignorancia– se desate una cascada de respuestas adversas e indignadas en redes sociales y demás, consideren la página de hoy como simple opinión, personal e intransferible, de alguien a quien su biografía dio motivos para mirar como mira. No se ofendan, por tanto, quienes se crean más o menos aludidos. No deberían. Y si se ofenden, pues oigan. Que les vayan dando. 

No sé si es moda reciente o casualidad, pero en los últimos tiempos me cruzo con mucha gente, sobre todo mujeres, vestida con prendas confeccionadas con camuflaje militar: pantalones, chaquetas y cosas así. Una indumentaria que en otros tiempos se denominaba mimetizada; y que, como saben ustedes, sirve principalmente para que cuando un soldado está metido en faena pueda disimularse mejor en el terreno y al enemigo le cueste más echarle el ojo. De toda la vida, esas prendas han sido también utilizadas en la vida no bélica, tanto por cazadores y gente que se mueve en la naturaleza, para quienes lo de camuflarse es importante, como –ahora menos que antes, pero todavía se ve– por gente de oficios rudos para la que van bien prendas sólidas de trabajo: albañiles y currantes así. Yo mismo, nunca en la vida civil sino cuando me ganaba la vida como reportero dicharachero de Barrio Sésamo, me vi obligado –sólo una vez en veintiún años, pero ocurrió– a vestir ropa de esa clase en 1977, en circunstancias que lo aconsejaban bastante. Quiero decir que lo del camuflaje está bien para lo que está. Para camuflarte cuando no quieres que te vean, o cuando alguien puede volarte los huevos, o su equivalente. 

Por lo demás, y siempre en mi opinión, la ropa de camuflaje tiene de simpática lo que el presidente Rajoy tiene de respeto a la cultura en España. Cero patatero. Aunque la cosa puede ir más allá. Hasta volverse desasosegante, fíjense. Incluso siniestra. Todo depende, claro, de lo que uno asocie en su cabeza con esas manchas ocres y verdes. De ahí mi extrañeza, e incluso malestar, cuando me cruzo por la calle con un chico que lleva una chaqueta mimetizada, o –de éstas he visto muchas últimamente– una mujer con prendas de camuflaje, que es lo que ahora parece más en boga; sobre todo una clase de pantalones ceñidos, complementados con tacones, o no. Líbreme Dios, o quien sea, de criticar lo que es muy libre de vestir cada cual y cada cuala. Pero lo que no puedo evitar al ver eso es un chirrido interior, como digo. Un malestar personal. Un eco amargo hecho de memoria y de sombras. Me pasa como cuando, más de veinte años después, escucho por la calle lenguas eslavas. Nada tengo contra los eslavos, claro. Pero no puedo evitar que se me disparen automáticamente los recuerdos de tres años en los Balcanes: paisajes hostiles, casas ardiendo, prisioneros llevados a culatazos al matadero, voces con acento eslavo amenazando, ordenando, gimiendo, suplicando. 

Dudo mucho que quienes visten tranquilamente esas ropas de camuflaje para ir a tomar una copa o pasear con la familia las llevaran con la misma naturalidad si sus recuerdos se mezclaran con los míos, o con los de tantos otros que estuvieron pisando cristales rotos en lugares desagradables. Dudo también que esos diseñadores de moda frívolos hasta la estupidez –recuerdo desfiles de moda con estilo militar en París, Nueva York y Madrid en plena guerra de Bosnia– se atrevieran a ello de haber transitado, aunque sólo fuera un rato, por lugares donde cuanto quedaba de una familia eran álbumes de fotos pisoteados en el suelo y cuerpos pudriéndose en el patio trasero entre zumbidos de moscas. Donde asesinos vestidos de uniformes confeccionados con la misma tela mataban, violaban, saqueaban y volvían más negro y más horrible el lado oscuro de la vida. 

Cada uno es libre de vestir como le salga, naturalmente. Ya lo dije unas líneas más arriba. Sobre todo si no es consciente de lo que significan ciertas prendas. Pero si lo sabe –y por el mundo circula suficiente información como para saberlo–, no debería sorprenderse de que lo miren raro. 

9 de abril de 2017 

domingo, 2 de abril de 2017

Una historia de España (LXXXIII)

Visto en general, y en eso suelen coincidir los historiadores, el franquismo tuvo tres etapas: dura, media y blanda. Algo así como el queso curado, semicurado y de Burgos, más o menos. Conviene aquí repetir, para entendernos mejor, que aquel largo statu quo postquam –o como se diga– de cuatro décadas no fue, pese a las apariencias, un gobierno militar ni una dictadura de ideología fascista; entre otras cosas porque Franco no tuvo otra ideología que perpetuarse en un gobierno personal y autoritario, anticomunista y católico a machamartillo; y al servicio de todo eso, o sea, de él mismo, puso a España marcando el paso. Naturalmente, el hábil gallego nunca habría podido sostenerse de no gozar de amplias y fuertes complicidades. De una parte estaban las clases dominantes de toda la vida: grandes terratenientes, alta burguesía industrial y financiera (incluidas las familias que siempre cortaron el bacalao en el País Vasco y Cataluña), que veían en el nuevo régimen una garantía para conservar lo que años de turbulencia política y sindical, de república y de guerra, les habían arrebatado o puesto en peligro. A eso había que añadir una casta militar y funcionarial surgida de la victoria, a la que estar en el bando vencedor hizo dueña de los resortes sociales intermedios y aseguró la vida. Paralela a esta última surgió otra clase más turbia, o más bien emergió de nuevo, siempre la misma (esa podredumbre eterna, tan vinculada a la puerca condición humana, que nunca desaparece pues se limita a transformarse, adaptándose hábilmente a cada momento). Me refiero a los sinvergüenzas capaces de medrar en cualquier circunstancia, con rojos, blancos o azules, aprovechándose del dolor, la desgracia o la miseria de sus semejantes: una nutrida plaga de estraperlistas, especuladores, explotadores y gentuza sin escrúpulos a la que nadie fusila nunca, porque suele ser ella quien está detrás, inextinguible, comprando favores y señalando entre la gente honrada a quien fusilar, real o metafóricamente hablando. Y al final de todo, en la parte baja de la pirámide, sosteniendo sobre sus hombros a grandes empresarios y financieros, funcionarios con poder, estraperlistas y militares, estaba la gran masa de los españoles, vencedores o vencidos, destrozados por tres años de barbarie y matanza, ansiosos todos ellos por vivir y olvidar –pocas ideas de libertad sobreviven a la necesidad de comer caliente–, pagando con la sumisión y el miedo el precio de la derrota, los vencidos, y con el olvido y el silencio los que se habían batido el cobre en el bando de los vencedores. Devueltos éstos últimos, sin beneficio ninguno, a sus sueldos de miseria, a sus talleres y fábricas, a la azada de campesino o el cayado de pastor; mientras quienes no habían visto una trinchera y un máuser ni de lejos se paseaban ahora entre Pasapoga y Chicote, fumándose un puro, llevando del brazo a la señora –o a la amante– con abrigo de visón. Todo ese tinglado, claro, se apoyaba en un sistema que el Caudillo, para entonces ya también Generalísimo, situó desde el principio y con muy hábil cálculo sobre tres pilares fundamentales: un Ejército fiel y privilegiado tras la guerra, una estructura de Estado confiada a la Falange como partido único, y un control social encomendado a la Iglesia católica. El Ejército, encargado de borrar mediante consejos de guerra todo liberalismo, republicanismo, socialismo, anarquismo o comunismo, «apenas hubiera podido resistir una agresión exterior en toda regla, pero cumplió hasta el final con el cometido de mantener el orden interno», como apunta el historiador Fernando Hernández Sánchez. En cuanto a la Falange, purgada con mano implacable de elementos díscolos –que fueron perseguidos, represaliados y encarcelados–, era a esas alturas una organización dócil y fiel a los principios del Movimiento, léase a la persona del Generalísimo, que en las monedas se acuñaba «Caudillo de España por la gracia de Dios». Así que a sus dirigentes y capitostes, a cambio de prebendas que iban desde cargos oficiales hasta chollos menores pero seguros –un estanco o un puesto de lotería–, se encomendó el control y funcionamiento de la Administración. Con lo que todo español tuvo que sacarse, le gustara o no, un carnet de Falange si quería trabajar, comer y vivir. Y también, naturalmente, además de saberse el Cara al sol de carrerilla, debía demostrar en público que era sincero practicante de la religión católica, única verdadera, tercer pilar donde Franco apoyaba su negocio. Pero de la Iglesia hablaremos con más desahogo en el siguiente episodio de esta siempre –casi siempre– lamentable historia de España, la de los tristes destinos. [Continuará]. 2 de abril de 2017

domingo, 26 de marzo de 2017

Ángel Ejarque Calvo

Era duro y bravo de verdad. Era pequeño y musculoso, con cara de boxeador. Era inequívocamente masculino, al estilo de cuando serlo no tenía connotación peyorativa como ahora. Era un hombre sólido, fiable, compacto, leal a sus amigos y a su modo de ver el mundo y la vida. Era de los que, también como se decía antes, se vestían por los pies. Pocas veces estuve tan seguro de la palabra lealtad como cuando, teniendo el privilegio de estar a su lado y de que me llamara colega, sentía su presencia cercana, noble y silenciosa. La sonrisa irónica y un punto chulesca de quien mucho ha vivido, mucho ha luchado y mucho sabe. Y se lo calla. 

Cuando lo conocí, hace más de treinta años, Ángel entraba y salía por talegos y comisarías como si fueran su casa. Había crecido de golfo madrileño sin estudios, buscándose la vida en mercados, estaciones de tren y ambientes prostibularios, a punta de navaja y de echarle huevos. La ley no era más que una frontera imprecisa que él cruzaba a conveniencia. Su sangre fría, su aplomo legendario lo convirtieron en jefe de cuadrilla de trileros, y con ellos hacía la ronda de España, forrándose con la borrega, los cubiletes y los pringaos que le entraban incautos, y quemando luego la viruta en juergas y mujeres. Había sido boxeador de jovencito –tengo una foto en la que pelea como un jabato, maltrecho y derrotado pero nunca vencido–, y de esa época, afilada por la vida peligrosa que llevó después, conservaba una dureza física increíble y unos puños de acero. Una vez, cuando un animal como un armario nos buscó bronca en un bar de la Ballesta, Ángel lo tumbó sin darme tiempo a agarrar por el gollete la botella que yo buscaba con urgencia, dándole un solo y limpio izquierdazo en el hígado que tiró a aquel orangután sobre la lona. Era de los que están callados en un rincón de la barra, y si no sabes detectar ciertas cosas, nunca los identificas hasta que te parten la cara. Sí. Era tranquilo y letal. 

Juntos hicimos durante cinco años, con un equipo de gente formidable, aquel programa mítico de RNE que se llamó La ley de la calle, y él era el alma de esa tertulia irrepetible, anterior a cuanto se hace ahora, cuando las noches de los viernes nos sentábamos a comentar la vida un policía, Manolo, una puta, Ruth, un yonqui, Juan, y un delincuente, Ángel. A veces él no podía asistir porque se estaba comiendo unos días de talego, y entonces le dedicábamos canciones de Los Chunguitos o La Mora y el legionario, que le ponían la piel de gallina oyéndolos en el chabolo. Paradójicamente, fue aquel programa el que lo retiró de la calle, pues un oyente le ofreció un empleo –una empresa de seguridad, lo que tenía su guasa–, y Ángel, alentado por una familia maravillosa que supo ser paciente, esperar y convencerlo, se volvió un hombre honrado. Los años, colega, decía. Los años. 

Mantuvimos la relación. Muy estrecha. Nos juntábamos de vez en cuando para comer o calzarnos unas birras. Me hizo padrino de su nieta, y a la primera comunión de ésta acudí con los supervivientes de la vieja banda. Me seguía llamando doble, jefe, igual que en los viejos tiempos, como aquel día en que tuvo un desafío con un policía, incidente que transcurrió con nobleza por ambas partes, y tras unos dimes y diretes se juntaron para un combate de boxeo en La Ferroviaria –que ganó Ángel–, el madero con sus colegas jaleándolo y mi amigo con su público de choros dándole ánimos. Lo utilicé de modelo para el personaje el Potro del Mantelete en La Piel del tambor, y siempre se mostró orgulloso de ello. 

La suya fue, como suele decirse, una larga y penosa enfermedad, que arrostró con el mismo cuajo y la misma calma con que había encarado la vida. Acudí a visitarlo en los últimos tiempos, y la última vez estaba en el hospital, flaco y apergaminado, la piel pálida pegada a los huesos. Sonreía débilmente llamándome colega, y supe que estaba listo de papeles. Lo besé y me fui. La noche antes de morir, me contó su yerno, pidió que le llevaran un canuto y se lo fumó despacio en el cuarto de baño. Quiero pensar que mientras despachaba ese último truja, antes de abrirse de una vida que exprimió como un limón de paella, sonrió para sí, recordando al crío que se buscaba la vida en el mercado de Legazpi, al joven boxeador que nunca se rendía, al golfo que tangaba incautos en Atocha, al macarra que quemaba billetes con mujeres guapas, al buen padre de familia que supo ser en el último tercio del asunto. Y también a los amigos fieles que tanto lo respetaron, y que hoy darían cualquier cosa por volver a acodarse a su lado en la barra de un bar y pedir unas cervezas. 

 26 de marzo de 2017 

domingo, 19 de marzo de 2017

Hoteles inteligentes y la madre que los parió

Les juro a ustedes, con una mano sobre la primera edición de El cetro de Ottokar, que cuanto voy a contar es cierto. Acabo de sufrirlo en la habitación de un hotel español nuevo y flamante, dotado con todos los adelantos tecnológicos imaginables. Un lugar de vanguardia tan avanzada que te deja de pasta de boniato. 

La primera en la frente fueron las luces. Allí no había conmutadores normales, de ésos que les das, clic, clac, y encienden y apagan. Había unos sensores planos de colorines, que según acercabas un dedo encendían cosas de modo aleatorio, a su rollo. Todas de golpe o una a una, dabas a ésta y se encendía o apagaba aquélla, tocabas la de la mesilla de noche y se iluminaba un armario, o el cuarto de baño, y así todo el rato. No había forma de aclararse. Y para más recochineo, la habitación estaba iluminada a la moda de ahora, con coquetos puntos de luz que dejaban el resto en penumbra; lo que es precioso, pero tiene la pega de que no ves un carajo. Además, las pocas luces estaban situadas en lugares divinos, pero no donde las necesitabas, por ejemplo, para leer. Así que estuve un rato moviendo muebles para colocarlos donde podía verse algo; con el simpático detalle de que al ir y venir en la penumbra, más ciego que un topo, una manija de una puerta, estilizada, larga y bellísima de diseño, se me enganchó en el bolsillo de la chaqueta, rasgándolo. 

Blasfemé, lo confieso. Algo sobre el copón de Bullas. Por suerte tenía otra chaqueta, pero al ir a colgarla se le cayó un botón. La alfombra era de las que más detesto en el mundo. Si la moqueta me parece ya una guarrería infame, calculen mis sentimientos ante una alfombra peluda de medio palmo de espesor, con rayas de cebra, entre cuya fronda podría camuflarse una boa constrictor. Por pura ley de Murphy, el botón cayó entre el pelamen; y con la falta de luz estuve diez minutos a cuatro patas, buscándolo con las gafas de leer puestas, mientras mis blasfemias subían de tono, cuestionando ya los más sagrados Misterios. Y de ahí para arriba. 

El siguiente episodio fue la tele. Vi un mando, presioné la tecla, y lo que se descorrieron fueron las cortinas de la ventana, que ya nunca pude volver a correr. Al fin, con otro mando que parecía perfecto para abrir cortinas, encendí la tele. «Bienvenido, señor Pérez», dijo una voz cantarina sobre una imagen del hotel. Quise ver el telediario, pero el televisor me exigió una complicada serie de datos que incluían mi nombre, número de habitación y algo así como código Waca Plus –que sigo sin tener ni idea de qué podía ser–. Pese a ello, introducido todo, o casi, la tele se negó a pasar a los canales. Quise apagarla, pero no había manera de apagarla del todo, porque se encendía ella sola cada diez minutos, y cada vez la misma voz repetía: «Bienvenido, señor Pérez». 

Les ahorro la noche. La cortina abierta de piernas, con la luz de las farolas de la calle dándome en la cara –con ésa sí habría podido leer–, y el televisor encendiéndose solo, «Bienvenido, señor Pérez», cada diez minutos. Además, cuando quise mirar el reloj en la mesilla debí de tocar algún sensor o algo, porque los pies de la cama se levantaron, zuuuuum, y me quedé con ellos en alto y toda la sangre congestionándome la cabeza. A punto de nieve para el derrame cerebral. 

Al fin llegó el alba. Yo había notado ya que el grifo del lavabo no era un grifo, sino un caño misterioso que requería ciertos pases mágicos alrededor para que saliera el chorro de agua. Y con la ducha pasaba lo mismo. Me puse enfrente, empecé el abracadabra, y ni flores. Al fin, al hacer no sé qué movimiento, brotó el agua de la ducha. Fría, no, oigan. Ártica. Salté hacia atrás, empapado, y me quedé allí intentando desesperadamente resolver el problema. Entre el mando –que seguía sin saber cómo funcionaba– y yo se interponía el chorro gélido de la ducha. Al fin me dije: vamos, chaval. Sobreviviste a los puentes de Bijela, así que échale cojones. De modo que tomé aire, me metí bajo el chorro –mis blasfemias debían ahora de oírse en la calle– y estuve dando pases mágicos hasta que al fin, al borde ya de la congestión pulmonar, salió de pronto un chorro de agua hirviendo que me abrasó la piel. Y cuando al cabo, exhausto, apoyado en los azulejos bajo un chorro más o menos regulado, miré al suelo, comprobé que el arquitecto, o su puta madre, habían diseñado un plato de ducha sin escaloncito, a ras con el piso, y que por debajo de la puerta de cristal se había ido el agua, que ahora corría alegre por toda la habitación, anegándola. Y mientras, en el televisor, la amable voz femenina seguía repitiendo cada diez minutos: «Bienvenido, señor Pérez». 

19 de marzo de 2017 

domingo, 12 de marzo de 2017

Una historia de España (LXXXII)

Durante la Segunda Guerra Mundial, España se había mantenido al margen; en parte porque estábamos exhaustos tras nuestra propia guerra, y en parte porque los amigos naturales del general Franco, Alemania e Italia, no le concedieron las exigencias territoriales y de otro tipo que solicitaba para meterse en faena. Aun así, la División Azul enviada al frente ruso y las exportaciones de wolframio a los nazis permitieron al Caudillo salvar la cara con sus compadres, justo el tiempo que tardó en ponerse fea la cosa para ellos. Porque la verdad es que el carnicero gallego era muchas cosas, pero también era listo de concurso. A ver si no, de qué iba a estar 40 años con la sartén por el mango y morir luego en la cama. El caso es que a partir de ahí, y gracias a que la Unión Soviética de Stalin mostraba ya al mundo su cara más siniestra, Franco fue poquito a poco arrimándose a los vencedores en plan baluarte de Occidente. Y la verdad es que eso lo ayudó a sobrevivir en la inmediata postguerra. En esa primera etapa, el régimen vencedor hizo frente a varios problemas, de los que unos solucionó con el viejo sistema de cárcel, paredón y fosa común, y otros se le solucionaron solos, o poco a poco. El principal fue el absoluto aislamiento exterior y el intento de derribar la dictadura por parte de la oposición exiliada. Ahí hubo un detalle espectacular, o que podía haberlo sido de salir bien, que fue la entrada desde Francia de unidades guerrilleras –en su mayor parte comunistas– llamadas maquis, integradas en buena parte por republicanos que habían luchado contra los nazis y pensaban, los pobres ingenuos, que ahora le llegaba el turno a los de aquí. Esa gente volvió a España con dos cojones, decidida a levantar al pueblo; pero se encontró con que el pueblo estaba hasta arriba de problemas, y además bien cogido por el pescuezo, y lo que quería era sobrevivir, y le daba igual que fuese con una dictadura, con una dictablanda, o con un gobierno del payaso Fofó. Así que la heroica aventura de los maquis terminó como terminan todas las aventuras heroicas en España: un puñado de tipos acosados como perros por los montes, liquidados uno a uno por las contrapartidas de la Guardia Civil y el Ejército, mientras los responsables políticos que estaban en el exterior se mantenían a salvo, incluidos los que vivían como reyes en la Unión Soviética o en Francia, lavándose las manos y dejándolos tirados como colillas. De todas formas, sobre la URSS y los ruskis conviene recordar, en este país de tan mala memoria, que si bien hubo muchos españoles que lucharon junto a los rusos contra el nazismo y fueron héroes de la Unión Soviética, otros no tuvieron esa suerte, o como queramos llamarla. Muchos marinos españoles, niños republicanos evacuados, alumnos pilotos de aviación, que al fin de nuestra guerra civil quedaron allí y pidieron regresar a España o salir del paraíso del proletariado, fueron cruelmente perseguidos, encarcelados, ejecutados o deportados a Siberia por orden de aquel hijo de puta con macetas de geranios que se llamó José Stalin; y que –las cosas como son, y más a estas alturas– hizo matar a más gente en la Unión Soviética y la Europa del Este que los nazis durante su brillante ejecutoria. Que ya es matar. Y en esas ejecuciones, en esa eliminación de españoles que no marcaban el paso soviético, lo ayudaron con entusiasmo cómplice los sumisos dirigentes comunistas españoles –Santiago Carrillo, Pasionaria, Modesto, Líster– que allí se habían acogido tras la derrota, y que ya desde la Guerra Civil eran expertos en luchas por el poder, succiones de bisectriz y supervivencia, incluida la liquidación de compatriotas disidentes. Dándose la triste paradoja de que esos españoles de origen republicano represaliados por Stalin se encontraron con los prisioneros de la División Azul en el mismo horror de los gulags de Siberia. Y para más recochineo, los que sobrevivieron de unos y otros fueron repatriados juntos en los mismos barcos, en los años 50, tras la muerte de Stalin, a una España donde, para esas fechas, la dictadura franquista empezaba a superar el aislamiento inicial y la horrible crisis económica, el hambre, la pobreza y la miseria –la tuberculosis se convirtió en enfermedad nacional– que siguieron a la Guerra Civil. En esos años tristes estuvimos más solos que la una, entregados a nuestros magros recursos y con las orejas gachas, sin otra ayuda exterior que la que prestaron, y eso no hay que olvidarlo nunca, Portugal y Argentina. Para el resto del mundo fuimos unos apestados. Y el franquismo, claro, aprovechó todo eso para cerrar filas y consolidarse. 

[Continuará]

12 de marzo de 2017 

domingo, 5 de marzo de 2017

Maestras con hiyab y otros disparates

De aquí a un par de años –si es que no ha ocurrido ya– saldrá de las facultades españolas una promoción de jóvenes graduadas en Educación Infantil y Primaria, entre las que algunas llevarán –lo usan ahora, como estudiantes– el pañuelo musulmán llamado hiyab: esa prenda que, según los preceptos del Islam ortodoxo, oculta el cabello de la mujer a fin de preservar su recato, impidiendo que una exhibición excesiva de encantos físicos despierte la lujuria de los hombres. 

Ese próximo acontecimiento socioeducativo, tan ejemplarmente multicultural, significa que en poco tiempo esas profesoras con la cabeza cubierta estarán dando clase a niños pequeños de ambos sexos. También a niños no musulmanes, y eso en colegios públicos, pagados por ustedes y yo. O sea, que esas profesoras estarán mostrándose ante sus alumnos, con deliberada naturalidad, llevando en la cabeza un símbolo inequívoco de sumisión y de opresión del hombre sobre la mujer –y no me digan que es un acto de libertad, porque me parto–. Un símbolo religioso, ojo al dato, en esas aulas de las que, por fortuna y no con facilidad, quedaron desterrados hace tiempo los crucifijos. Por ejemplo. 

Pero hay algo más grave. Más intolerable que los símbolos. En sus colegios –y a ver quién les niega a esas profesoras el derecho a tener trabajo y a enseñar– serán ellas, con su pañuelo y cuanto el pañuelo significa en ideas sociales y religiosas, las que atenderán las dudas y preguntas de sus alumnos de Infantil y Primaria. Ellas tratarán con esos niños asuntos de tanta trascendencia como moral social, identidad sexual, sexualidad, relaciones entre hombres y mujeres y otros asuntos de importancia; incluida, claro, la visión que esos jovencitos tendrán sobre los valores de la cultura occidental, desde los filósofos griegos, la democracia, el Humanismo, la Ilustración y los derechos y libertades del Hombre –que el Islam ignora con triste frecuencia–, hasta las más avanzadas ideas del presente. 

Lo de las profesoras con velo no es una anécdota banal, como pueden sostener algunos demagogos cortos de luces y de libros. Como tampoco lo es que, hace unas semanas, una juez –mujer, para estupefacción mía– diera la razón a una musulmana que denunció a su empresa, una compañía aérea, por impedirle llevar el pañuelo islámico en un lugar de atención al público. Según la sentencia, que además contradice la doctrina del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, obligar en España a una empleada a acatar las normas de una empresa donde hombres y mujeres van uniformados y sin símbolos religiosos ni políticos externos, vulnera la libertad individual y religiosa. Lo que significa, a mi entender –aunque de jurisprudencia sé poco–, que una azafata católica integrista, por ejemplo, acogiéndose a esa sentencia, podría llevar, si sus ideas religiosas se lo aconsejan, un crucifijo de palmo y medio encima del uniforme, dando así público testimonio de su fe. O, yéndonos sin mucho esfuerzo al disparate, que la integrante de una secta religiosa de rito noruego lapón, por ejemplo, pueda ejercer su libertad religiosa poniéndose unos cuernos de reno de peluche en la cabeza, por Navidad, para hacer chequeo de equipajes o para atender a los pasajeros en pleno vuelo. 

Y es que no se trata de Islam o no Islam. Tolerar tales usos es dar un paso atrás; desandar los muchos que dimos en la larga conquista de derechos y libertades, de rotura de las cadenas que durante siglos oprimieron al ser humano en nombre de Dios. Es contradecir un progreso y una modernidad fundamentales, a los que ahora renunciamos en nombre de los complejos, el buenismo, la cobardía o la estupidez. Como esos estólidos fantoches que, cada aniversario de la toma de Granada, afirman que España sería mejor de haberse mantenido musulmana. 

Y mientras tanto, oh prodigio, las feministas más ultrarradicales, tan propensas a chorradas, callan en todo esto como meretrices –viejo dicho popular, no cosa mía– o como tumbas, que suena menos machista. Están demasiado ocupadas en cosas indispensables, como afirmar que las abejas y las gallinas también son hembras explotadas, que a Quevedo hay que borrarlo de las aulas por misógino, o que las canciones de Sabina son machistas y éste debe corregirse si quiere que lo sigan considerando de izquierdas. 

Y aquí seguimos, oigan. Tirando por la borda siglos de lucha. Admitiendo por la puerta de atrás lo que echamos a patadas, con sangre, inteligencia y sacrificio, por la puerta principal. Suicidándonos como idiotas. 

5 de marzo de 2017 

domingo, 26 de febrero de 2017

Articulistas parásitos

En este mundo traidor donde nada es verdad ni es mentira, donde todo es según el color del cristal con que se mira –como dijo no recuerdo quién–, las redes sociales e Internet están dando cobertura, en los últimos tiempos, a una figura de articulista marcadamente siniestra. Y hoy me apetece contarles por qué opino eso. 

El periodismo español tiene una respetable tradición de articulistas: Larra, Gómez de la Serna, González Ruano, García Serrano, Umbral, escribieron textos legendarios. El periodismo de opinión español, nómina ilustre, conserva todavía hoy, entre otros nombres de prestigio, los del maestro Manuel Alcántara, Raúl del Pozo, Arcadi Espada, Rosa Montero, Javier Marías o Ignacio Camacho –en mi opinión, el más riguroso y solvente columnista político actual–. Y en la última década, esa relación se ve reforzada y prolongada con la nueva generación que encabezan Antonio Lucas, Manuel Jabois, David Gistau y otros brillantes periodistas todavía jóvenes, a los que el tiempo y el oficio acabarán convirtiendo, como a sus predecesores, en maestros y en clásicos. 

Hay, sin embargo, y se extiende de forma casposa e irritante, otro tipo de articulista parásito, tramposo, oportunista, a menudo joven también, caracterizado por la falta de talento propio, la ausencia de ideas, inteligencia y estilo; adobado todo, además, con una especie de complejo de Salieri: la biliosa envidia del mediocre, consciente de que nunca llegará a superar sus pobres límites. Esta variedad cutre del articulismo hispano, que se da en ambos sexos, encuentra terreno abonado en medios digitales frívolos en los que tan pródigo es Internet. El mecanismo de acción es muy sencillo. Muy fácil. El columnista parásito carece de ideas propias, pero lee a los que sí las tienen y expresan con talento. Y lo que hace es, simplemente, escribir sobre lo que otros ya han escrito. Si Javier Marías habla de esto, si Antonio Lucas habla de aquello, el casposo oportunista emboscado dedicará un artículo a comentar lo que él opina de lo que han opinado ellos. Sin apenas esfuerzo, sin despeinarse. Emitiendo veredicto censor desde la altura de su pequeñez intelectual y moral. Sabiendo que así no arriesga nada y gana siempre. 

Porque ahí interviene un factor característico del negocio. Por su propia naturaleza, raro es que el articulista parásito tenga la formación, la cultura y el talento del parasitado. De lo contrario, no se vería forzado a parasitar a nadie. Sería original. Lo que hace esa sanguijuela de la tecla es aplicar sus propias limitaciones, sus carencias de comprensión lectora, sus complejos, envidias y mediocridades, y a veces también su sectarismo analfabeto, al texto ajeno. Con lo que el resultado no sólo es tan mediocre como el autor, sino que consiste en una burda manipulación del texto original. Eso da al parásito, claro, algunos beneficios notables: rellena su columna, comenta asuntos interesantes que él nunca habría podido plantear por su cuenta, y se codea con firmas de postín como de tú a tú, babeando de gozo. Además, factor decisivo, se beneficia de que, en las redes sociales, un nombre de prestigio puesto en titulares, en buscadores de Internet, es tuiteado y alcanza una difusión amplia; con lo que, gracias al nombre y texto ajenos, el parásito consigue lo que jamás habría alcanzado por su propio nombre y mérito. Todo eso, claro, fomentado por la cabecera del medio digital donde escribe; encantados sus propietarios de que ese pobre hombre o pobre mujer –seamos paritarios también en la infamia– les dé visibilidad a tan bajo coste. 

Hay trucos sucios, además, que refuerzan la eficacia del columnista parásito. Que hacen más rentable su negocio. Por mala fe, o porque su intelecto no da para más, el sujeto en cuestión suele descontextualizar frases del texto parasitado; e incluso titula, no con lo que el texto original dice, sino con su interpretación sesgada o malintencionada. Y eso, en un lugar tan atrozmente falto de comprensión lectora como España, donde no suele opinarse sobre un texto original, sino sobre lo que alguien dice que otro ha dicho, los efectos adquieren dimensiones disparatadas. Si Vargas Llosa –por poner un ejemplo imaginario de autor muy respetable– escribiera un artículo diciendo que, además de las jóvenes cantantes, a las que le encanta escuchar, le gustan aquellas de vestido largo y voz ronca y sensual que cantaban en los 40, no faltarían parásitos que titularían su columna: «El Nobel no encuentra sensuales a las cantantes de ahora». Lo que, traducido a Twitter, acabaría siendo: «Intolerable machismo musical de Vargas Llosa»

26 de febrero de 2017 

domingo, 19 de febrero de 2017

Una historia de España (LXXXI)

Durante la Segunda Guerra Mundial, no sólo hubo compatriotas nuestros en los campos de exterminio, en la Resistencia francesa o en las tropas aliadas que combatieron en Europa Occidental. La diáspora republicana había sido enorme, y también el frente del Este, donde se enfrentaban la Alemania nazi y la Unión Soviética, oyó blasfemar, rezar, discutir o entonar una copla en español. Como escribió Pons Prades, muchos de aquellos hombres y mujeres que habían cruzado los Pirineos con el pelo enmarañado, desaliñados, malolientes, con barba de pordioseros, el uniforme salpicado de sangre y plomo y el mirar de visionarios, no se sentían vencidos. Porque hay gente que no se rinde nunca, o no se acuerda de hacerlo. Su origen y destino fue diverso: de entre los niños enviados a la URSS durante la Guerra Civil, de los marinos republicanos exiliados, de los jóvenes pilotos enviados para formarse en Moscú, de los comunistas resueltos a no dejar las armas, salieron numerosos combatientes que se enfrentaron a la Wehrmacht encuadrados en el ejército ruso, como guerrilleros tras las líneas enemigas o como pilotos de caza. Uno de éstos, José Pascual Santamaría, conocido por Popeye, ganó la orden de Lenin a título póstumo combatiendo sobre Stalingrado. Y cuando el periódico Zashitnik Otechevsta titulaba «Derrotemos al enemigo como los pilotos del capitán Alexander Guerasimov», pocos sabían que ese heroico capitán Guerasimov se llamaba en realidad Alfonso Martín García, y entre sus camaradas era conocido por El Madrileño. O que una unidad de zapadores minadores integrada por españoles, bajo el mando del teniente Manuel Alberdi, combatió desde Moscú hasta Berlín, dándose el gusto de rebautizar calles berlinesas escribiendo encima, con tiza, los nombres de sus camaradas muertos. En cuanto a lucha de guerrillas, la relación de españoles implicados sería interminable, haciendo de nuevo verdad aquel viejo y sombrío dicho: «No hay combatiente más peligroso que un español acorralado y con un arma en las manos». Centenares de irreductibles republicanos exiliados lucharon y murieron así, en combate o ejecutados por los nazis, tras las líneas enemigas a lo largo de todo el frente ruso, y también en Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia y otros lugares de los Balcanes. El balance oficial lo dice todo: dos héroes de la Unión Soviética, dos órdenes de Lenin, 70 Banderas y Estrellas Rojas (una, a una mujer: María Pardina, nacida en Cuatro Caminos), otras 650 condecoraciones diversas ganadas en Moscú, Leningrado, Stalingrado y Berlín, y centenares de tumbas anónimas. Y en Rusia se dio, también, una de esas amargas paradojas propias de nuestra Historia y nuestra permanente guerra civil; porque en el frente de Leningrado volvieron a enfrentarse españoles contra españoles. De una parte estaban los encuadrados en las guerrillas y el ejército soviético, y de la otra, los combatientes de la División Azul: la unidad de voluntarios españoles que Franco había enviado a Rusia como parte de sus compromisos con la Alemania de Hitler. En ella, conviene señalarlo, había de todo: un núcleo duro falangista y militares de carrera, pero también voluntarios de diversa procedencia, desde jóvenes con ganas de aventura a gente desempleada y hambrienta, ansiosa de comer caliente, o sospechosos al régimen que así podían ponerse a salvo o aliviar la suerte de algún familiar preso o comprometido. Y el caso es que, aunque la causa que defendían era infame, también ellos pelearon en Rusia con una dureza y un valor extremos, en un infierno de frío, nieve y hielo, en el frente del Voljov, en la hazaña casi suicida del lago Ilmen (los 228 españoles de la Compañía de Esquiadores combatieron a 50º bajo cero, y al terminar sólo quedaban 12 hombres en pie), en el frente de Leningrado o en Krasny Bor, donde todo el frente alemán se hundió menos el sector donde, durante el día más largo de sus vidas y muertes, 5.000 españoles pelearon como fieras, a la desesperada, aguantando el ataque masivo de 44.000 soldados soviéticos y 100 carros de combate, con el resultado de una compañía aniquilada, varias diezmadas, y otras pidiendo fuego artillero propio sobre sus posiciones, por estar inundados de rusos con los que peleaban cuerpo a cuerpo. Obteniendo, en fin, del propio Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados». Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor». 

[Continuará]

19 de febrero de 2017